¿Un acuerdo posnupcial?
El corazón de Diego dio un vuelco. Levantó la mirada rápidamente y clavó los ojos en Valeria:
—Valeria, antes de ir al Registro Civil, no me dijiste nada de firmar un contrato.
Ella desvió la mirada, visiblemente nerviosa:
—Es idea de mi papá, no mía.
Se inclinó y rodeó los hombros de Diego con sus brazos.
—Diego, solo fírmalo. Es un mero trámite para que mis papás se queden tranquilos.
Susurró con tono dulce, acercándose a su oído:
—De todos modos, ya soy tuya. Mis papás no pueden hacer nada al respecto.
A Diego se le erizó la piel.
Entre el recibimiento gélido de la casa y la mirada inescrutable de Zacarías, estaba seguro de que aquello era una trampa.
Tomó el documento y lo leyó detenidamente, palabra por palabra. En cuestión de segundos, un sudor frío le recorrió la espalda.
Eso no era un acuerdo posnupcial; era un contrato para vender su alma.
Las condiciones eran aberrantes: no solo le exigían ser sumiso y poner a Valeria como prioridad absoluta en su vida, sino que estipulaba que cualquier colaboración futura entre las empresas requería que él le cediera la mayor parte de las ganancias al Grupo Zaldívar.
Por si fuera poco, Zacarías exigía que Diego asumiera junto con ellos todos los riesgos financieros de sus negocios.
Pero lo más descabellado era la cláusula sobre los hijos: si Diego y Valeria tenían un bebé, el primer hijo debía llevar el apellido Zaldívar como principal.
La excusa que daban era sencillamente ridícula. Argumentaban que, si el hijo de Amaya podía llevar el apellido de la madre, entonces era completamente justo que el hijo de Valeria hiciera lo mismo.
Cuando Diego llegó a la última cláusula, la cual dictaba que en caso de divorcio debía pagarle a Valeria una multa multimillonaria, soltó una carcajada amarga.
En toda su vida, jamás lo habían humillado de una manera tan asquerosa.

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