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Adiós a mi exesposo: Ahora le pertenezco a tu enemigo romance Capítulo 3

Desde la ventana de su habitación, Yanira vio el auto de Santiago estacionarse en la entrada de la casa. Él bajó, rodeó el auto hacia el asiento del copiloto y abrió la puerta para ayudar a la mujer a salir.

Yanira bajó la mirada hacia el acuerdo de divorcio recién impreso que tenía en las manos y caminó hacia las escaleras.-

El sonido de la puerta principal abriéndose resonó en la planta baja. Ella levantó la vista. En el instante en que sus ojos se encontraron con los de Santiago, el rostro de él se iluminó con esa sonrisa cálida y familiar que ella tanto conocía.

—¿Ya despertaste? Qué bueno, hay algo que quiero comentarte.

Yanira no respondió. Su mirada se desvió hacia Luciana Rosales.

Luciana estaba de pie en el recibidor, sosteniendo un pequeño y elegante bolso de mano. Su vestido blanco le llegaba a los tobillos y llevaba el cabello suelto sobre los hombros. Se quedó allí, quieta y silenciosa, luciendo hermosa y delicada, como si fuera una pintura.

Al notar que Yanira la miraba, Luciana asintió levemente con una sonrisa impecable.

Santiago se acercó, rodeó los hombros de Yanira con el brazo y comenzó a explicarle con un tono suave y persuasivo.

—Mi amor, ella es Luciana, una... amiga mía. Está pasando por un momento muy difícil; se está divorciando y el infeliz de su exmarido no la deja en paz. Hoy fue con unos matones a buscarla a su departamento y casi ocurre una desgracia. Lo estuve pensando y no es seguro que viva sola, así que le pedí que se quedara con nosotros un tiempo.

Al terminar de hablar, miró a Yanira. En el fondo de sus ojos oscuros había un atisbo de alerta, claramente preparado para que ella hiciera una escena.

Yanira le sostuvo la mirada, notando ese cálculo en sus ojos, y sintió un sabor amargo en la garganta.

—Por supuesto, me parece bien.

Santiago parpadeó, sorprendido de que ella hubiera accedido con tanta facilidad.

En ese momento, Luciana se acercó, hablando con una voz dulce y melodiosa.

—Señorita Yanira, es usted tan generosa. De verdad la admiro muchísimo.

Yanira la observó y una sonrisa lenta y afilada se dibujó en sus labios.

—No es nada, Luciana. Pero ya que estás huyendo, asegúrate de esconderte muy bien. Sería una verdadera pena que tu exmarido descubriera que estás viviendo en mi casa.

La sonrisa de Luciana se congeló por un segundo. Antes de que pudiera responder, la voz de Santiago se volvió fría y severa.

—Yanira.

Yanira giró el rostro para mirarlo. El ceño de Santiago estaba ligeramente fruncido y en sus ojos asomaba una clara molestia.

—¿Por qué le hablas así? Luciana la está pasando muy mal. Su exmarido es capaz de cualquier cosa. Como mujer, deberías tener un poco más de empatía por su situación.

Yanira sintió un nudo en el pecho. Ella ni siquiera había dicho nada malo y él ya saltaba a defenderla como si fuera un escudo humano.

—Solo le estaba recordando que tenga cuidado. Al fin y al cabo, si le pasa algo bajo mi techo, no pienso hacerme responsable.

El ceño de Santiago se hundió aún más. Justo cuando iba a reprenderla, Yanira metió la mano en el bolsillo y sacó unos papeles doblados.

Santiago le devolvió los documentos firmados y le acarició el cabello con ternura.

—Voy a mostrarle la casa a Luciana para que se instale. ¿Le podrías subir las maletas?

Yanira tomó los papeles y asintió levemente, sin decir una palabra.

Lo vio darse la vuelta y caminar hacia Luciana. Le sonrió con esa misma calidez, y ambos comenzaron a subir las escaleras juntos.

Al pasar por su lado, los pasos de Luciana se detuvieron un instante. La miró de reojo, le dedicó una sonrisa cargada de significado, y sin decir nada, siguió a Santiago.

Yanira se quedó sola en el primer piso, bajando la mirada hacia el papel firmado.

La tinta de la firma de Santiago aún no se secaba del todo, brillando débilmente bajo la luz de las lámparas.

Se quedó mirando el documento durante largo rato, antes de doblarlo con cuidado y guardarlo en un sobre de papel madera.

Luego subió a su habitación y comenzó a hacer sus maletas, mientras los recuerdos la asaltaban.

Cada prenda, cada objeto en esa casa lo habían comprado juntos. Recordó lo feliz que había sido en esos momentos, creyendo que había encontrado el amor de su vida. Ahora se daba cuenta de que todo había sido una fantasía.

De pronto, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo sus movimientos.

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