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Adiós a mi exesposo: Ahora le pertenezco a tu enemigo romance Capítulo 4

—Adelante —dijo ella.

La puerta se abrió y la voz grave de Santiago sonó a sus espaldas.-

—¿Acomodando tus cosas?

La abrazó por detrás, rodeándola con sus brazos. Su abrazo era tan cálido como siempre, pero esta vez venía impregnado del perfume de otra mujer.

El aroma hizo que Yanira frunciera el ceño con asco. No le respondió y siguió doblando la ropa para meterla en la maleta.

Santiago dio un par de pasos más y se detuvo justo detrás de ella. Su tono estaba lleno de alegría.

—Precisamente venía a decirte algo. Pensándolo bien, creo que es mejor que Luciana se quede en la habitación principal. Tiene ventanales más grandes y entra mejor luz. Últimamente ha estado muy deprimida, así que un espacio luminoso la ayudará a sentirse mejor. Qué sorpresa ver que ya estás empacando para mudarte de cuarto.

Hizo una pausa y su sonrisa se ensanchó, depositando un beso en la mejilla de Yanira.

—Mi amor, parece que nos leemos la mente.

Yanira sintió un sabor amargo inundarle la boca, y simplemente dejó que la siguiera abrazando.

Tan pronto como Santiago terminó de hablar, se escuchó un grito de pánico proveniente del primer piso.

En un instante, Santiago la soltó, dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.

La voz ansiosa de Santiago resonó desde abajo.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Luciana, pálida y temblorosa, respondió.

—Estoy bien... solo quería admirar esta pintura y, de repente, se cayó...

—No te preocupes por eso, lo importante es que no te hayas lastimado —dijo Santiago.

Al escuchar eso, el corazón de Yanira dio un vuelco. Bajó las escaleras a toda prisa.

En la sala de estar, Luciana estaba parada frente al lugar donde solía colgar su obra de arte. Su rostro estaba blanco como el papel.

Santiago estaba de pie a su lado, revisándole las manos con desesperación, tratándola como si fuera la joya más frágil del mundo.

La pintura yacía destrozada en el suelo, rodeada de vidrios rotos. El lienzo tenía una rasgadura enorme.

El rostro de Yanira perdió todo su color en un segundo.

Esa pintura era la última reliquia que le había dejado el maestro Xavier antes de morir. Siempre la había cuidado como su tesoro más preciado. Miró a Luciana con unos ojos tan fríos que parecían hechos de hielo.

—¿Qué demonios hiciste?

El rostro de Luciana se llenó de arrepentimiento.

—Lo siento muchísimo, Yanira. Solo quería verla de cerca... y me di cuenta de que el vidrio estaba un poco flojo. Quise ayudarte a acomodarlo, pero se me resbaló y...

—¿Y quién te dio permiso de tocar mis cosas? —gritó Yanira, con la voz aguda y cargada de furia.

Luciana se sobresaltó. Su expresión de disculpa se congeló por un momento y, enseguida, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Capítulo 4 1

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