Villa Ayala.
—Aduanas acaba de aprobar el ingreso de una parte del equipo de laboratorio. Hay varios laboratorios que ya están preparando sus ofertas para comprarlo. La familia Jiménez también lo necesita. Vine para saber qué opinas al respecto, Alfredo.
Diego sabía que Alfredo había querido invertir en un laboratorio recientemente, así que planeaba unirse a él para adquirir los equipos.
—Podemos intentarlo.
Alfredo se sentía confiado. Anteriormente, el laboratorio que apoyaba se desintegró cuando el inversionista principal retiró su capital, y sus propios fondos estaban atados a otros proyectos, por lo que se quedó sin liquidez para mantenerlo por su cuenta.
Sin embargo, en este tiempo había recuperado bastante dinero de otros proyectos, por lo que ahora podía volver a invertir en un laboratorio.
—Pero el personal que teníamos previsto para el laboratorio ya se fue a CFT Global.
Diego continuó:
—Ese no es problema, la familia Jiménez tiene gente capacitada.
La familia Jiménez era un linaje de médicos prestigiosos y durante los últimos años había formado a un gran número de jóvenes talentos.
Los dos primos se entendieron a la perfección. Al enterarse de que el Consorcio Castillo organizaría una presentación de los equipos en Ciudad Luzara, Alfredo consiguió algunas invitaciones.
Al mismo tiempo, Vera también llevó su invitación a la Corporación Heredia.
—Hola, ¿tiene una cita programada?
Preguntó la recepcionista con cortesía. Vera asintió.
—Sí, con el señor Heredia.
—Usted debe ser la señorita Vera Ayala.
Cuando ella asintió, la recepcionista le entregó con ambas manos, sonriente, una tarjeta del ascensor, guiándola hasta el ascensor privado del director general.
Justo cuando la recepcionista se retiró, el ascensor sonó y Patricio Heredia salió de su interior.
—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a buscar a mi primo? —Patricio frunció el ceño con profunda molestia—. No olvides que tú y yo estuvimos comprometidos. ¿Ahora pretendes seducir a mi primo?
Vera jugueteó con la tarjeta en sus manos y respondió con una sonrisa irónica:
—¿Y si fuera así, qué? ¿Acaso piensas impedirlo?
—Sabía que solo te interesaba el dinero y el poder de los Heredia.
—Eres increíble. ¿De verdad pensabas engañar a mi primo con esto? ¿Crees que es idiota?
Recogió la tarjeta, la hizo pedazos y los arrojó al suelo con desprecio.
—Vera Ayala, deja tus truquitos baratos. ¿De verdad crees que a mi primo le interesan las sobras que yo rechacé? Si quieres conservar un poco de dignidad, lárgate del país de una buena vez.
Los ojos de Patricio destilaban desprecio y burla, pero Vera solo lo miraba con una leve sonrisa, o mejor dicho, miraba detrás de él.
El sonido de las puertas del ascensor cerrándose hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Patricio, que hasta hace un segundo era arrogante y agresivo, se dio la vuelta rígidamente.
—Pri... primo...
¡Bam!
Hugo no lo dudó un instante y le asestó un puñetazo en la cara. Patricio salió despedido hacia atrás, tambaleándose, mientras la sangre le brotaba a chorros por la nariz.
Se cubrió el rostro, patético, intentando detener la hemorragia.
Hugo lo miró desde arriba con total indiferencia, pero sus ojos estaban llenos de ira y frialdad.
—Patricio Heredia, ¿dónde están tus modales?

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