Patricio miró hacia arriba sin poder pronunciar palabra, pero sin atreverse a quedarse callado.
Solo pudo sostenerse la nariz y balbucear:
—Primo, fue un error.
—Lárgate.
Hugo lo echó con frialdad. Mareado por el golpe, Patricio se levantó a toda prisa y salió huyendo.
Luego, Hugo miró a Vera con evidente preocupación. Patricio había hablado de forma horrible y, al no poder contenerse, lo había golpeado. Temía haberla asustado.
Vera levantó levemente las cejas. Ese idiota tuvo suerte; si no hubiera visto bajar el ascensor, habría sido ella quien lo golpeara, y no se habría limitado a dejarlo con la nariz ensangrentada.
—Lo siento —dijo Hugo, mirándola con sinceridad. Luego se agachó y comenzó a recoger los pedazos de cartón rasgado—. Olvidé obligarlo a que se quedara a pedirte perdón.
A Vera le pareció divertido y sonrió.
—Una disculpa suya no sería sincera, así que prefiero no escucharla, solo habría sido una pérdida de tiempo.
—La próxima vez que vengas, bajaré antes a recibirte.
Hugo se guardó los trozos de papel en el bolsillo. Vera lo siguió al ascensor y, al ver el bolsillo de su elegante traje, apretó los labios.
—¿Un traje de cientos de miles de pesos para guardar papel basura?
—Lo que tú traes no es basura.
Hugo habló con una profundidad y sinceridad que no dejaban lugar a dudas.
Vera se encogió de hombros, restándole importancia.
—Era la tarjeta de presentación de los equipos que el Consorcio Castillo venderá en el país. Si se perdió, se perdió. Puedo mandar a imprimir un montón más.
Hugo la guio hasta su oficina, y solo cuando la puerta se cerró, habló con voz grave:
—El contenido no importa.
—Lo que importa es la persona que lo trae.
Vera, que apenas se estaba sentando, se quedó inmóvil por un segundo, pero rápidamente recuperó su habitual sonrisa natural.
—Hace un momento, Patricio me preguntó si venía a seducirte.
Un rastro de tensión brilló en los ojos de Hugo. Quería preguntarle qué le había respondido, pero las palabras no le salían.
Fue Vera quien habló con total franqueza:
—Y lo admití. Efectivamente, vine a seducirlo, señor Heredia.


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