En la sala de descanso, los tres se sumieron en el silencio.
Vera Ayala estaba en un torbellino de pensamientos. No sabía cómo explicarle la situación a Mateo. Ella solo quería entrar a la familia Heredia para investigar su verdadero origen y los secretos de su pasado.
Sabía que si se lo confesaba, Mateo no lo aprobaría y usaría sus propios métodos para enfrentarse a los Heredia, lo que terminaría en un desastre.
Mateo, por su parte, se preguntaba por qué Vera quería casarse tan repentinamente con Hugo Heredia. ¿Era por lo que había pasado aquella noche? ¿Para darle celos a Patricio? ¿O había otra razón oculta?
Vera ya no era una niña, y mucho menos una romántica impulsiva. Si estaba decidida a casarse, él tenía que descubrir cómo protegerla para que nadie en esa familia se atreviera a humillarla.
En cuanto a Hugo Heredia, su silencio se debía más bien a que estaba calculando cómo darle a Vera Ayala la boda más espectacular de toda la ciudad.
—Si quieres casarte, no te lo impediré, pero la fiesta y la ceremonia pública tendrán que posponerse —rompió el silencio Mateo.
No quiso presionarla para que confesara sus verdaderos motivos. Lo único que podía hacer era exigir que la familia Heredia mantuviera el matrimonio en secreto.
Sin una boda pública, si Vera decidía divorciarse y regresar al extranjero en el futuro, las habladurías serían mucho menores.
Esto encajaba perfectamente con los planes de Vera. Cuanto más discreto fuera el matrimonio, más fácil le resultaría investigar los trapos sucios de los Heredia. De hecho, lo ideal era crear la ilusión de que Hugo había sido obligado a casarse con ella, para bajar las defensas de Paula Pérez y de su esposo, Ernesto Heredia.
Sin embargo...
Vera miró a Hugo, que estaba sentado a su lado.
—Respeto tu decisión —le dijo suavemente.
Hugo apretó los labios, sintiendo una punzada de decepción en el pecho.
Pero, tras la euforia inicial, su mente fría y calculadora volvió a tomar el control.
Si Vera había propuesto el matrimonio, lo más probable era que quisiera usar su posición para investigar a la esposa de su tío Ernesto, y no porque sintiera algo por él.
Aun así, no estaba dispuesto a rechazarla.
—Me parece bien —aceptó Hugo.
Vera fijó la fecha para firmar el acta de matrimonio en tres días. Como no era un matrimonio real basado en el amor, tenía prisa por cerrar el trato.
A Hugo no le gustaban las prisas cuando se trataba de su boda, pero si solo era firmar los papeles, por él irían al registro civil en ese mismo instante.
Aunque Mateo y Vera querían mantener un perfil bajo, el día de la firma, Hugo Heredia apareció vestido con un traje de diseñador impecable, luciendo más imponente que nunca.

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