Ofelia estaba a punto de seguir gritando, pero Don Fernando la interrumpió con voz de trueno.
—¡Vera es mi ahijada! Y ya que ustedes, la familia Ayala, no la reconocen, aprovecharé la ocasión para adoptarla legalmente y ponerla bajo el apellido Castillo.
Ante esas palabras, Nicanor se quedó petrificado.
¿Vera era la ahijada de Don Fernando Castillo?
Aunque los Castillo no tuvieran la misma influencia política aplastante que los Heredia, su poder y prestigio no tenían nada que envidiarle a las familias más ricas de Ciudad Luzara. De hecho, ni siquiera los Heredia se atreverían a meterse con ellos a la ligera.
¿Por qué Vera nunca les había mencionado algo así?
—Ustedes... —Ofelia abrió los ojos desmesuradamente. ¡No podía entender por qué Vera siempre tenía tanta suerte!
Don Fernando los fulminó con la mirada.
—Los invité hoy por respeto a mi ahijada, pero su actitud es intolerable. Les advierto una cosa: si vuelvo a escuchar un solo rumor negativo sobre Vera en la calle, me encargaré de que la familia Ayala desaparezca de Ciudad Luzara.
El rostro de Nicanor se volvió del color de la ceniza.
Vera ya no quería seguir viendo sus caras. Se dio la vuelta y caminó hacia el comedor.
—Tengo hambre.
—Vamos a cenar, mi niña —dijo Doña Elena de inmediato, tomando a Vera del brazo y ordenándole al mayordomo que escoltara a los Ayala hasta la salida.
Durante la cena, llegaron los regalos que Hugo había ordenado preparar a su asistente: pinturas exclusivas, relojes de edición limitada y joyas de jade invaluables.
Al terminar de cenar, Doña Elena llevó a Vera al piso de arriba.
—Los Heredia son la familia más prestigiosa de Ciudad Luzara, y en esas casas hay muchas reglas. Te he preparado unos regalos muy exclusivos. Cuando vayas a visitarlos, asegúrate de llevarlos.
Doña Elena también le entregó dos invitaciones elegantes.
—La Casa de Subastas Argento tiene piezas magníficas estos días. Ve con Hugo y compra lo que te guste. Y no olvides buscar alguna antigüedad o pintura para los mayores de la familia Heredia.
Vera asintió con una sonrisa dulce.
—Gracias, Madrina.
Se apoyó en el hombro de Doña Elena, quien la abrazó con ternura.

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