La mirada de Hugo se volvió sombría.
—El verdadero líder de la familia Heredia debía ser mi tío Ernesto. Cuando yo estaba en la universidad, fui secuestrado. Para salvarme, mi tío se enfrentó a los secuestradores para ganar tiempo. Le destrozaron las piernas y quedó en silla de ruedas para siempre.
Vera comprendió la gravedad del asunto al instante.
Le dio unas palmaditas suaves en la mano a Hugo y le dijo con firmeza:
—Pierde cuidado. No importa lo que investigue, te prometo que no le haré daño a tu tío. Solo busco la verdad. La verdad sobre mi origen.
Al ver la determinación en sus ojos, Hugo la entendió, aunque no pudo evitar sentir un rastro de melancolía.
Suspiró en silencio. Al menos ahora tenía el título oficial de esposo, y Vera no regresaría al extranjero a corto plazo. Tendría que esforzarse para ganarse su corazón. La convivencia diaria era su mejor carta a favor.
Vera temía que vivir bajo el mismo techo fuera incómodo, pero Hugo estaba tan saturado de trabajo que regresaba a altas horas de la noche todos los días, lo que evitaba cualquier situación tensa.
Esa mañana, Vera tenía planeado asistir a la subasta. Como de costumbre, se dio un baño y salió al pasillo envuelta solo en una toalla... y abrió la puerta del baño justo cuando Hugo se estaba cepillando los dientes.
—¡Tú! ¿Qué haces en casa? —Vera abrió los ojos de par en par, sujetándose el cabello mojado con una mano y aferrando la toalla con la otra.
Su piel, radiante y luminosa, brillaba con las gotas de agua. En sus ojos, habitualmente fríos, había un destello de sorpresa y curiosidad que paralizó por completo a Hugo.
—Yo... ah...
Vera quiso retroceder, pero olvidó que no llevaba zapatillas. Sus pies descalzos resbalaron en el suelo húmedo y se fue hacia atrás.
Soltó un pequeño grito de pánico, pero los ágiles brazos de Hugo la atraparon en el aire. Él estaba aún más asustado que ella.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —preguntó Hugo, apretándola contra su pecho.
Vera miró hacia abajo y se dio cuenta de que la toalla se le había resbalado un poco. Su rostro se encendió como un tomate.
—Yo... yo...
Vera tiró de la toalla con desesperación, y Hugo volteó el rostro rápidamente, cerrando los ojos con fuerza.
—Tranquila, no estoy mirando. Cúbrete.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, Vera se envolvió de nuevo y salió corriendo hacia su habitación.
—¡Ve con cuidado, no te vayas a resbalar! —le gritó Hugo, lo que solo hizo que Vera corriera más rápido.
«Qué humillación...»
Vera se encerró en su cuarto, cubriéndose la cara con las manos. Sentía las mejillas ardiendo.
—Escuché que hoy subastarán un Anillo de Diamante Azul de treinta quilates. Creo que te quedaría perfe...
—Hugo Heredia, no cambies de tema.
Vera se detuvo en seco y lo miró fijamente con los brazos cruzados. ¿Cómo diablos conocía sus medidas tan a la perfección?
Los asistentes y guardaespaldas que esperaban en la puerta se quedaron rígidos y, al unísono, se dieron la media vuelta, fingiendo que no estaban viendo cómo su implacable jefe era regañado por su esposa.
Cuando Vera usaba su nombre completo, el aura imponente de Hugo se desvanecía por completo.
El hombre de casi un metro noventa bajó la cabeza, luciendo extrañamente dócil.
—La mayoría de las marcas de lujo extranjeras tienen contratos de exclusividad con el grupo Heredia... —confesó en voz baja.
Vera comprendió al instante. Con razón toda la ropa y el calzado que le regalaba le quedaban como hechos a medida.
—Tramposo —murmuró ella con una media sonrisa, retomando su camino hacia el auto.
Hugo soltó un suspiro de alivio y la alcanzó con un par de zancadas.
—A eso se le llama ser detallista.

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