Casa de Subastas Argento.
Todos los asistentes a la sala VIP de esa noche pertenecían a la élite más exclusiva de Ciudad Luzara.
Hugo y Vera estaban sentados en la primera fila, donde solo había un puñado de personas.
—¿Primo? ¿Vera? ¿Qué hacen ustedes dos juntos? —preguntó Patricio Heredia, quien acababa de entrar del brazo de Ofelia Ayala. Su mirada reflejó un cúmulo de emociones confusas.
Le sorprendió muchísimo ver a Vera allí. Llevaba un vestido elegante y sostenía un chal de diseñador entre sus brazos. Su aura era inalcanzable y sofisticada, algo completamente opuesto a la chica de jeans y camisetas que él recordaba.
Vera lo miró de reojo.
—¿Te importa?
Ofelia la fulminó con la mirada y soltó con arrogancia:
—Vera Ayala, seguro viniste por el Anillo de Diamante Azul, ¿verdad? Lástima, porque hoy será mío.
—¿Tuyo? Ya lo veremos —respondió Vera, a quien en realidad no le importaba el anillo, pero no iba a perder la oportunidad de irritar a Ofelia.
Ofelia mordió el anzuelo al instante.
—¿Qué te parece si hacemos una apuesta? Si logras comprarlo, haré lo que tú quieras. Pero si yo lo gano, te arrodillarás y me lo entregarás en mis propias manos. ¿Aceptas?
Hasta Patricio se quedó mudo ante la propuesta.
—¿Te volviste loca? Mi primo está aquí. ¿En serio quieres apostar contra Vera? —susurró Patricio con el ceño fruncido. Sabía que Hugo no estaba ahí de adorno.
Vera también pensó que Ofelia había perdido el juicio. Era una batalla perdida de antemano.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? —se burló Ofelia, mirando a Vera con desdén.
Vera sonrió de lado.
—Me parece perfecto. Si pierdes, cumplirás tu propia regla: te arrodillarás y me entregarás el anillo tú misma.
Ofelia alzó la barbilla con orgullo y llamó a un notario de la casa de subastas para que formalizara la apuesta por escrito.
Mientras firmaban, Patricio seguía pensando que su novia había enloquecido.
Vera volvió a mirar al frente, con un destello de inteligencia en sus ojos.
Si el tío Ernesto había llamado justo en ese momento, significaba que Ofelia había acudido a su madre adoptiva, Paula Pérez.
Eso confirmaba que Paula tenía suficiente poder en la familia Heredia como para mover los hilos. Acercarse a ella podría darle las respuestas que buscaba. Excelentes noticias.
—Vera, puja todo lo que quieras. Yo le prometí a mi tío que no intervendría, pero eso no significa que tú no puedas hacerlo. No te preocupes por el dinero —le aseguró Hugo. No quería desafiar a su tío directamente, pero tampoco permitiría que Vera fuera humillada.
Vera agitó la mano con total despreocupación.
—No te preocupes. Patricio y Ofelia juntos no tienen el capital para vencerme.
La familia Heredia tenía dinero, por supuesto, pero eso no significaba que Patricio tuviera acceso a fondos ilimitados. Y en cuanto a la familia Ayala, su liquidez era un chiste. Si pudieran sacar millones en efectivo tan fácilmente, no habrían tenido tantos problemas legales por evasión de impuestos hace poco.
Vera se inclinó hacia Hugo con una sonrisa traviesa y le susurró al oído:
—Soy una mujer con un flujo de caja inmenso. Literalmente.

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