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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 156

La insolente pregunta del reportero de El Heraldo de Serena encendió la mecha de la curiosidad en todo el auditorio.

Aunque la sala estaba llena de genios y titanes tecnológicos, el hambre de chismes es inherente a la naturaleza humana, sin importar cuántos millones tengas en el banco.

—Esa pregunta no está relacionada con el tema central de nuestra cumbre. No será respondida. Siguiente pregunta, por favor... —intervino el presentador, intentando apagar el incendio con tacto.

Pero el periodista claramente no pensaba soltar su momento de gloria. Ignoró olímpicamente las miradas asesinas del presentador y de Lorenzo, se aferró al micrófono y, alzando la barbilla con petulancia, insistió.

—¿Acaso la directora tiene algún secreto oscuro y por eso le da miedo responder?

El hombre fijó su mirada en Gabriela, destilando malicia y unas inmensas ganas de ver arder el mundo.

—Directora Gabriela, creo que hablo por todos cuando digo que nos parece sumamente curioso que una mente tan brillante haya desaparecido de la faz de la tierra durante siete largos años. Convengamos en que siete años... es muchísimo tiempo para no hacer absolutamente nada.

Al escuchar eso, el cuchicheo en la sala subió de volumen.

Era cierto. Siete años en la industria tecnológica equivalían a un siglo.

Siendo la fundadora del Laboratorio de Osciladores Cuánticos y la madre del Giroscopio de Oscilación Cuántica, el talento de Gabriela era incuestionable. Si no hubiera desaparecido todo este tiempo, su nivel de poder en el sector científico sería astronómico; ser la directora del instituto se quedaría corto.

La cizaña del reportero y los murmullos de la multitud enfurecieron a don Antonio.

—Oye, Antonio, ahora que lo mencionan, ¿qué estuvo haciendo tu alumna estrella todos estos años? —le susurró un viejo científico sentado a su lado.

Don Antonio lo fulminó con la mirada.

—Hmph. Tantos años encima y sigues siendo un viejo chismoso.

No le respondió a su colega, sino que clavó sus ojos furibundos en la espalda de Lorenzo, exigiéndole silenciosamente que controlara la situación.

Rocco Salinas cruzó las manos sobre su regazo. Entrecerró los ojos, grabando a fuego el rostro de aquel insignificante periodista en su memoria.

Parecía calmado, pero era la calma de un depredador a punto de destrozar a su presa. Por dentro, ya había sentenciado al hombre.

Lorenzo, hirviendo de rabia, estaba a punto de ordenar a los guardias que echaran al sujeto a la calle. Pero antes de que diera la orden, la voz serena de Gabriela resonó desde la tarima.

—No se preocupe. Puedo responder a eso.

El recinto enmudeció al instante. El periodista esbozó una sonrisa de victoria.

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