Tal como Sara sospechaba, al escuchar la ráfaga de preguntas, el rostro de Bernardo se oscureció de inmediato.
—Sara, tener curiosidad está muy bien. Pero ser entrometida con asuntos que no te incumben, es un gran defecto. ¿Me explico?
Sara nunca había visto a su tío mirarla con tanta severidad. El pánico la invadió de verdad.
Totalmente pálida, asintió sin parar.
—Perdóname, tío. Me equivoqué, te prometo que nunca más volveré a preguntar nada sobre eso.
Al ver el rostro blanco de la joven, la dureza en la expresión de Bernardo se desvaneció y su tono volvió a ser suave.
—Sara, escúchame. Lo único que debe importarte es tu propio desarrollo personal. Yo me encargaré de darte todos los recursos del mundo. No vuelvas a meter las narices en cosas que no te afectan. ¿Entendido?
Con los ojos llorosos, Sara asintió como una niña obediente.
—Sí, tío. Lo entiendo.
—Ya está, no llores más, que te vas a poner fea —dijo Bernardo, tratando de consolarla con torpeza.
Sara se secó las lágrimas. Con la punta de la nariz enrojecida, lucía tan inofensiva como un pequeño venado.
Aprovechando que su tío había bajado la guardia, cambió de tema de manera estratégica.
—Tío... ¿por qué eres tan bueno conmigo?
Después de todo, aunque ella era la verdadera heredera de la familia, solo pertenecía a la segunda rama. No era la hija biológica de Bernardo, y sin embargo, él le concedía hasta el más mínimo capricho.
Bernardo la observó en silencio por unos segundos, como si estuviera buscando el rostro de alguien más en las facciones de la joven.
—Tú lo sabes, ¿no? Hace muchos años... tuve una hija.
Sara asintió. La historia de la hija muerta del patriarca era un secreto a voces en la familia.

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