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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 35

Mateo entró corriendo a la cocina. Lo primero que vio fue a una mujer de espaldas, usando la ropa de dormir de Gabriela, moviéndose de un lado a otro frente a la estufa.

—¡Mamá! —gritó con todas sus fuerzas. Justo cuando iba a preguntarle qué había preparado para desayunar, la mujer se dio la vuelta.

—¡Buenos días, pequeño Mateo! —lo saludó Jimena con una gran sonrisa.

Mateo se quedó paralizado.

No era su mamá, era la tía Jime...

Enzo llegó en ese momento. Al ver a Jimena vistiendo la pijama de Gabriela, su expresión se tensó.

Jimena notó la mirada de Enzo sobre su ropa y se apresuró a dar explicaciones.

—Ah, es que anoche me quedé jugando con Mateo hasta muy tarde y Yolanda ya se había dormido. Me dio mucha pena despertarla para pedirle algo de ropa, así que... me atreví a tomar prestada esta pijama de la señora. Perdóneme, Profesor Jara, la lavaré y la dejaré como nueva.

Enzo relajó la mirada, restándole importancia al asunto.

—No te preocupes, solo es una pijama. Ella tiene demasiadas, no notará que le falta una.

Sin prestarle más atención a Jimena, se giró hacia Yolanda.

—¿Y mi esposa?

Yolanda forzó una sonrisa nerviosa y respondió con la verdad:

—No está, señor.

El rostro de Enzo se ensombreció de inmediato.

*Esa mujer está perdiendo la cabeza. ¿Cómo se atreve a no volver a casa en toda la noche?*

—¿Quiere que llame a la señora? —preguntó Yolanda con cautela.

—Déjala en paz —respondió Enzo con frialdad, caminando hacia el comedor por inercia.

Solo cuando se sentó se dio cuenta de que, al no estar Gabriela, nadie le había preparado su desayuno de siempre.

Segundos después, Jimena apareció con una bandeja y colocó un par de tazones de sopa caliente sobre la mesa.

—Como me desperté temprano, decidí preparar el desayuno —dijo con entusiasmo. Regresó a la cocina y volvió con panecillos y algunos acompañamientos para la sopa.

Una vez que acomodó todo en la mesa, tomó asiento justo frente a Enzo. Exactamente en el lugar que siempre ocupaba Gabriela.

—Cuando vivía con mi familia, solía cocinar a menudo. A mis padres y a mi hermanito les encantaba mi sazón. Profesor Jara, Mateo, por favor, pruébenlo —dijo Jimena, sirviéndole un panecillo a cada uno.

—Gracias, no hubieras te molestado —respondió Enzo. Le dio un elegante mordisco al panecillo. Su expresión cambió por una fracción de segundo y comenzó a masticar un poco más despacio.

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