Hacía poco tiempo, Enzo le había dicho exactamente lo mismo.
Las crueles palabras de Daniel provocaron una ola de risas disimuladas, bufidos sarcásticos y miradas cargadas de desprecio por parte de los demás hombres en la mesa.
Enzo, mientras tanto, los observaba con fría indiferencia. No movió un solo músculo para detener la humillación ni para defenderla.
En su lugar, con un gesto de desdén, le arrojó las llaves del auto.
—El coche está afuera. Ve a esperarme allá.
Gabriela contuvo la amargura que le quemaba el pecho y le tiró las llaves de regreso.
—Te acabo de decir que no vine por ti.
No tenía tiempo que perder lidiando con Enzo; su prioridad absoluta era encontrar a Sofía.
Si a la chica le pasaba algo, Gabriela no quería imaginar el nivel de devastación que sufriría Lorenzo.
La muchacha seguía sin contestar el teléfono, y el bar era enorme; Gabriela sentía que estaba buscando una aguja en un pajar.
Al ver que Gabriela le arrojaba las llaves y se daba la vuelta para marcharse, Enzo sintió que los labios se le tensaban, y su ceño se hundió en una expresión sombría.
Daniel, por su parte, se quedó boquiabierto.
—¿En serio no vino por ti?
Enzo guardó un silencio sepulcral, observando fijamente la espalda de Gabriela mientras se encaminaba hacia los baños.
Gabriela decidió revisar ese lugar como último recurso tras haber dado vueltas por todo el local.
Al acercarse a los baños, escuchó el leve sollozo de una mujer proveniente del interior.
—¿Sofía? ¿Eres tú? —preguntó suavemente.
El llanto se detuvo al instante, pero nadie respondió.
Gabriela avanzó un par de pasos más.
—Soy Gabriela Aranda. ¿Te acuerdas de mí? Soy colega de tu papá. Nos conocimos cuando eras pequeña.
La puerta de uno de los cubículos se entreabrió, mostrando el rostro hinchado de una chica con el maquillaje corrido por las lágrimas.
Cuando la joven se aseguró de que quien estaba ahí era realmente Gabriela, el miedo la superó y rompió en llanto otra vez.
—¡¿Y mi papá?! ¡¿Por qué no vino mi papá?!

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