«No me imaginé que de verdad fuera solo un reemplazo. Y eso que se parecen muchísimo.»
«Por cómo van las cosas, pronto va a tener que dejarle el puesto a la otra. Dicen que hasta firmó un acuerdo prenupcial; se acostó con él de a gratis todos estos años y no va a sacar ni un peso.»
«Si yo fuera ella, ya estaría buscando cómo hacer que mi marido regrese a mi lado.»
«¡Híjole! Señora Mayén, ¿por qué vino a servirse el café? Yo se lo habría llevado...»
El chisme en el área de descanso se apagó de golpe cuando Lourdes entró. Una de las asistentas palideció del susto y se hizo a un lado, temblando.
—Si mis asistentas están aquí platicando, ¿a qué hora me van a llevar el café? —dijo Lourdes, preparándose su taza en la máquina con toda la calma del mundo.
—Perdón, señora Mayén.
—Pasen a Recursos Humanos por su liquidación.
Ambas asistentas se pusieron aún más pálidas.
—Señora Mayén, no fue nuestra intención. No volverá a pasar, por favor, denos otra oportunidad.
—No las despido por chismear en horario laboral, sino porque son capaces de abandonar sus puestos media hora solo para hacerlo. Una actitud tan relajada hacia el trabajo tarde o temprano provoca errores graves.
Lourdes terminó de hablar y salió del área de descanso.
La verdad, las dos chicas tuvieron muy mala suerte de cruzarse con ella justo cuando estaba de un humor de perros.
En las pantallas de su oficina, las gráficas de la bolsa de valores estaban en números rojos. Durante tres días, las acciones de Oasis Capital no habían dejado de caer.
Todo por el escándalo de Tristán e Ivana. Sus rivales no paraban de atacarlos en los medios.
En solo tres días, ya había perdido casi diez millones de pesos en la bolsa. Ahorita mismo tenía ganas de matar a alguien.
Ivana, consentida por Tristán, ya estaba perdiendo el piso. En sus redes sociales no paraba de subir publicaciones, y en muchas se veía la espalda de él.
Por la noche, Lourdes llamó a Tristán.
Él llevaba una semana sin ir a la casa, y ella llevaba el mismo tiempo sin contactarlo.
Pero ya no aguantaba las pérdidas continuas en la bolsa, así que no le quedó de otra.
—¿Dime? —se escuchó la voz perezosa del hombre a través del celular.
—¿Tienes hambre? Puedo pedir que te preparen algo.
—No es necesario, ya cené.
Al terminar de hablar, le aventó un sobre manila al regazo. A Lourdes se le cortó un poco la respiración.
—¿Qué es esto?
Tristán soltó un bufido y se sentó a su lado.
—Ábrelo y velo por ti misma.
Lourdes sostuvo el sobre con fuerza. La mirada de Tristán no era nada amigable; sintió que se le erizaba la piel.
Lo que había dentro no era otra cosa que las fotos íntimas que había estado buscando por todos lados.
Al verlas, la mente de Lourdes se quedó en blanco. Apretó con fuerza aquellas imágenes denigrantes en su mano.
—¿Sabes dónde encontré estas fotos tuyas? —La voz helada de Tristán resonó en su oído, trayéndola de vuelta a la realidad.

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