Las miradas del público hacia Lourdes estaban cargadas de lástima, burla y un mal disimulado placer ajeno.
A todo el mundo le encantaba ver caer a quienes parecían intocables.
—Que vengan a limpiar este desastre. La fiesta continúa —ordenó Lourdes con un tono neutro, para luego dar media vuelta y alejarse.
No hubo el colapso ni el drama que todos esperaban. Actuó con tanta frialdad que parecía que el incidente no tuviera nada que ver con ella.
En cuanto se fue, los murmullos estallaron por todo el salón.
—No cabe duda que Lourdes es de hierro. El jefe la humilla frente a todos y ella ni parpadea.
—Pues por algo lleva tantos años en ese puesto. A saber de qué formas le ruega a puerta cerrada para retenerlo.
—Esa chava a la que cargaba es igualita a ella. Supongo que la época del reemplazo ya llegó a su fin.
—Lo más seguro es que se viene el divorcio.
En la empresa nadie quería a Lourdes. Era exigente, estricta y no se tocaba el corazón para tomar decisiones; acababa de correr a dos asistentas sin darles ninguna oportunidad.
Los empleados rogaban que la bajaran de su nube cuanto antes y que Tristán la echara a la calle.
De vuelta en el área de servicio, los encargados del montaje ya la estaban esperando en fila.
—Con un accidente de esta magnitud, si no descubrimos qué pasó, el señor Carranza nos va a cortar la cabeza a todos.
—Señora Mayén, le juramos que revisamos todo muchísimas veces. Ayer ese candelabro estaba en perfectas condiciones.
Lourdes caminaba de un lado a otro sin decir palabra. Ella misma había estado presente en la última revisión y, efectivamente, todo estaba en orden.
En ese momento, Joana entró a la habitación.
—Váyanse todos a ayudar afuera, la fiesta todavía no termina —les dijo Joana, sacándolos del lugar de inmediato.
Cuando se quedaron solas, Lourdes la miró fijamente.
—¿Qué me quieres decir?
—Ayer, durante la última revisión... Darío andaba por ahí.
Al escuchar eso, Lourdes bajó la mirada. Joana iba a agregar algo, pero ella levantó la mano para detenerla.
—Suficiente, ya entendí. Esto no pasó de aquí. Haz de cuenta que Darío nunca estuvo ahí.
Para tener un puesto directivo había que ser astuta, y Joana lo era. Asintió suavemente.
—De acuerdo.
—Prefiero tener el dinero seguro y dormir tranquila. Descuenta tu comisión y con lo demás haz lo que ya habíamos acordado.
Violeta asintió y preguntó:
—¿Y qué hacemos con Grupo Carranza?
Lourdes se mordió el dedo y se quedó pensativa un buen rato.
Grupo Carranza valía miles de millones. Cuando Tristán volviera formalmente a la familia Carranza, esas acciones se dispararían muchísimo más de lo que ganaría con Oasis Capital.
—Esas déjalas como están.
—Oye, ¿y vas a seguir así de distante con Tristán? Si siguen peleados, no vas a poder quedar embarazada —comentó Violeta, señalando un calendario cercano.
Estaba a punto de comenzar su ventana de ovulación.
—Ya lo sé.
Lourdes llevaba tres días sin ir a la oficina. En todos los chats de la empresa se decía que su divorcio era inminente y que pronto le darían una patada en el trasero.
No era de las que se dejaban intimidar, pero tantos rumores terminaban por amargarle el día.

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