—¡Isaac! —Felipe reaccionó al instante, extendiendo la mano para detenerlo.
Pero fue inútil.
En un parpadeo, Isaac cruzó el salón con pasos largos y seguros. Se lanzó sobre el tipo, lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó sin esfuerzo.
—¡Crac!—
El sonido de huesos partiéndose retumbó en el aire.
La sangre brotó de la nariz del hombre, salpicando la impecable manga blanca de la camisa de Isaac.
Isaac le soltó un puñetazo directo al puente de la nariz y, sin soltar la corbata, lo aventó contra el suelo. Con el pie, le presionó la cabeza, apretando con tal fuerza que hasta sus propios nudillos rechinaron.
—¿Con qué mano lo tocaste? —Su voz sonó suave, pero el silencio se apoderó de todo el salón.
—¿Te atreves a ponerle una mano encima a alguien mío?
El borracho, sin percatarse del peligro, intentó zafarse—. ¿Y a ti qué te importa? Yo hoy hago lo que se me da la gana…
En ese momento, los guardias del hotel aparecieron corriendo, todos con sonrisas falsas, pidiendo disculpas una y otra vez.
—Presidente Méndez, por favor, cálmese. Ahora mismo sacamos a este tipo de aquí.
Entre varios, intentaron levantar al hombre del suelo, aunque al principio se les dificultó.
El borracho, ya un poco más consciente, tenía la sangre manándole de la nariz hasta la boca. Entrecerró los ojos y, al fin, reconoció al hombre que tenía enfrente, imponente y temible.
Acurrucado en el suelo, sollozando, con lágrimas y mocos embarrándole la cara, gimió:
—…Presidente Méndez, fue el alcohol, no quise—
Isaac se agachó y usó la costosa chaqueta del tipo para limpiarse la sangre del dorso de la mano.
—¿Ya te cayó el veinte?
De inmediato, el otro se arrodilló—. ¡Pum!—, el golpe de su frente contra el suelo de mármol retumbó en todo el salón.
La sangre seguía goteando de su nariz, formando un pequeño charco en el brillante piso.
—¡Perdón, presidente Méndez! ¡Me equivoqué, de verdad! ¡Perdón!
El hombre no dejaba de suplicar y temblar. Ya entendía que había metido la pata hasta el fondo: meterse con Isaac significaba arrastrar a toda su familia al desastre.
Los invitados, sin ponerse de acuerdo, dieron un paso atrás, como si temieran que la mala suerte fuera contagiosa.
Resulta que, cuando el dolor en el pecho es tan intenso, el cuerpo deja de sentir cualquier otra cosa.
Isaac miró a Felipe y le lanzó una señal con los ojos.
—Te encargo a Selena, llévala a casa.
Dicho esto, giró y ayudó a Isabel a salir. Pronto, sus siluetas desaparecieron tras la puerta giratoria del hotel.
...
Apenas subieron al carro y arrancaron, Isabel se dejó caer en el asiento trasero, el pecho moviéndosele con respiraciones agitadas.
—Isaac, qué suerte que llegaste justo a tiempo.
Lanzó una mirada de reojo a la dura expresión de Isaac y, con timidez, se acercó un poco más.
—Si no fuera por ti…
Isaac seguía con el ceño fruncido, sin decir palabra.
Las luces de neón que pasaban por la ventana dibujaban sombras y destellos sobre su cara, acentuando aún más sus rasgos afilados.

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