La reunión de excompañeros, justo la noche antes de la boda, se celebró en un restaurante elegante frente al mar.
El salón privado era enorme. Más allá de los ventanales de piso a techo se extendía el mar, con sus ondas titilando bajo las luces de la ciudad que brillaban al fondo. Un escenario que parecía sacado de un sueño.
Cuando Selena y Katia llegaron, ya había bastantes personas acomodadas en las mesas. Eran rostros familiares, aunque algunos se sentían lejanos, como si los años hubieran difuminado los recuerdos.
Desde que terminaron la universidad, cada quien había tomado su rumbo. No era raro que muchos llevaran años sin verse.
Dentro del salón, el ambiente era animado: se mezclaban las conversaciones ruidosas y el tintinear de los vasos al brindar.
En cuanto cruzaron la puerta, varios se apresuraron a saludarlas con la efusividad típica de una reunión esperada.
Sentado en la cabecera, un hombre vestía un suéter de lana color gris claro, las mangas remangadas de forma casual. Sobre su nariz llevaba unas gafas de marco dorado, y detrás de los lentes, sus ojos oscuros transmitían una serenidad cálida mientras sonreía, atento a la charla de quienes lo rodeaban. Su postura relajada no le quitaba ese aire elegante y seguro de sí.
El corazón de Selena dio un salto. Sus dedos apretaron el asa de la bolsa, y su mirada, inquieta, se desvió de él casi de inmediato. Fingiendo calma, llevó a Katia hacia uno de los asientos más alejados de la cabecera.
—¡Vaya, por fin llegaron, Selena, Katia! —exclamó una compañera vestida con un llamativo vestido rojo, acercándose con una copa en la mano. Sus ojos recorrieron de arriba abajo a Selena, deteniéndose unos segundos en su vestido sencillo y sin pretensiones.
Con una voz exagerada y ese toque ácido que nunca faltaba, la chica del vestido rojo soltó:
—Pero a ver, nuestra ex reina de la universidad, ¿qué pasó? Te ves muy tranquila, ¿eh? ¿Hoy no trajiste galán o qué? Eso está medio flojo, ¿no crees?
Al instante, varias miradas se volcaron hacia Selena, llenas de curiosidad, morbo y algún dejo de rivalidad.
Otra chica, sentada cerca, se sumó al juego:
—¡Eso! Selena, con lo guapa y lista que eres, ya deberías andar con alguien mejor que el esposo de Iris Montes, ¿o lo estás ocultando?
—Anda, cuéntanos. ¿Tienes novio? ¿Está guapo? ¡No te hagas, saca la sopa!
Las risas y los comentarios la rodearon, como si no hubieran pasado los años y todavía fueran estudiantes.
Selena apenas sonrió, con una mueca:
—Sigo soltera, chicas. Si hay novedades, se van a enterar, lo prometo.
Pero Katia no aguantó más. Su sonrisa era tan forzada que resultaba cortante mientras le respondía a Regina Olivares, la de rojo:


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