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Amor que Fue romance Capítulo 110

Ella bajó la voz y susurró:

—Solo voy a la boda, en unos días regreso.

—Te dije que voy contigo —repitió Isaac, esta vez con un tono más marcado, dejando claro que no pensaba ceder.

Las voces alrededor parecían subir de volumen, la gente murmuraba inquieta.

Selena se sintió incómoda, como si todos los pasajeros del avión estuvieran esperando por ella mientras él seguía enredado en esa discusión absurda.

Sintió el coraje arderle en el pecho, se puso de pie, lo miró de frente, alzando la barbilla con gesto decidido. Su voz salió cortante, sin espacio para más rodeos:

—Isaac, ¿puedes ser razonable? Hay un montón de personas esperando. ¿De verdad te parece gracioso esto?

Isaac se quedó quieto, notando la molestia y la distancia en la mirada de Selena. Por un segundo, su seguridad titubeó.

La fuerza que solía tener en la mirada se desvaneció un poco. Le temía a su enojo.

Guardó silencio unos segundos, tragó saliva y, al final, se rindió:

—Está bien, no voy contigo.

Selena apenas iba a suspirar de alivio cuando Isaac sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo. La abrió y reveló un rosario.

Sin darle opción, tomó su muñeca y, con delicadeza pero sin preguntar, se lo puso.

El rosario le quedaba perfecto.

—Llévalo puesto —le dijo, buscándole los ojos, con una mezcla de terquedad y súplica—. Cuando llegues a Victoria del Mar, mándame un mensaje. Todos los días. No lo olvides.

Sacó su celular, abrió una aplicación y se la mostró:

—Agrégame como contacto.

—Si no, el avión no va a despegar.

Selena, viendo que no había forma de ganarle en terquedad, resignada escaneó el código y lo agregó.

Solo entonces el gesto tenso de Isaac se suavizó un poco. Le regaló una última mirada intensa y se alejó con pasos firmes.

En cuanto él desapareció, la tensión se evaporó. El ambiente en la sala de espera se alivianó de golpe.

El personal, agradecido de que por fin todo volviera a la normalidad, comenzó el abordaje de inmediato.

...

Seguimiento en tiempo real. Todo bajo control.

La palabra “avión” tenía un peso especial para Isaac. Por años, solo mencionarla le recordaba sus peores pesadillas.

Ahora podía verla partir. Podía soportar la distancia, porque el rosario en la muñeca de Selena, ese pequeño rastreador, le daba una sensación de seguridad casi enfermiza.

Mientras el punto rojo siguiera ahí, mientras pudiera verlo moverse, todo seguiría bajo su control.

Aunque fuera a la distancia, aunque solo pudiera observarla de lejos, eso era mil veces mejor que aquellos tres años de vacío y silencio.

Isaac se dio la vuelta y le ordenó a su asistente:

—¿La gente de Victoria del Mar ya está lista?

—Todo está preparado, señor —contestó el asistente, bajando la voz—. El hotel donde se hospedará la señorita Monroy, su recorrido, tenemos todo cubierto. No habrá ningún problema.

—Que se divierta —remarcó Isaac—, pero asegúrate de que no note nuestra presencia.

—Sí, señor.

Volvió a mirar hacia afuera. El avión ya no se veía, solo quedaba el cielo despejado, extendiéndose hasta el horizonte.

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