De regreso en el hotel.
Katia estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, sosteniendo con sumo cuidado el rosario recién reparado entre sus manos. Las cuentas, de un negro profundo, tenían una superficie tan lisa y suave que, bajo la luz del cuarto, parecía que guardaban un brillo misterioso. Salvo por lo bien hechas que estaban, en apariencia no llamaban mucho la atención.
—Mira nada más —dijo Katia, girando la pieza entre sus dedos—. ¿Quién diría? Parecen unas cuentas negras cualquiera, ¿y dicen que valen doscientos mil pesos? —Alzó la mirada hacia Selena, que acababa de salir del baño secándose el cabello—. Oye, ¿te imaginas si ese compañero que sabe del tema no hubiera estado? Seguro lo hubiéramos tirado pensando que era bisutería barata de mercado, ¿no?
Selena no contestó. Caminó hacia la ventana y se quedó viendo el mar oscuro.
Katia dejó el rosario sobre la cama y se acercó a Selena. Le dio un codazo juguetón, incapaz de ocultar su alegría.
—Oye, la neta, hoy sí que me desquité. ¿Viste la cara de Miriam? Seguro va a necesitar una reconstrucción total, ¿eh?
Se detuvo un momento, bajó la voz y, con ese tono travieso de quien disfruta el caos, añadió:
—Pero bueno, también hay que ser bruta. ¿Cómo se le ocurre a una simple invitada armarle un numerito a la reina? Eso es rogarle a la vida que le dé una sacudida, ¿no?
Selena se giró con el entrecejo fruncido. Su voz sonó seria:
—¡Katia!
Katia alzó las manos en señal de rendición, aunque la sonrisa no se le borró.
—Va, va, ya, señora reina, no se enoje, yo me callo —dijo, y se dio un par de golpecitos en los labios, como si se regañara a sí misma—. Mira, hasta me castigo, ¿ves?
Luego soltó una risita.
—¿Y qué tal Isaac? ¿Qué clase de gustos tiene para salir con esa muñeca de cirujano?
—¡¿Puedes dejar de mencionarlo?! Ese tipo no tiene nada que ver conmigo.
Al notar el tono molesto de Selena, Katia enseguida simuló cerrarse la boca con un cierre invisible.


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