Ese lazo de hermandad, tan limpio y sin dobleces, ella siempre lo guardó como un tesoro en lo más profundo de su corazón.
...
Al iniciar la comida, el ambiente se volvió más relajado y animado.
Camila Díaz dejó su copa de champaña sobre la mesa, el borde todavía tenía la huella de su labial rosado pálido.
Posó la mirada en el rostro de Selena.
Se parecía.
Era un parecido impresionante.
Tanto, que le hizo latir el corazón de una manera extraña.
Esa cara, tan parecida a la sombra borrosa de alguien que habitaba en lo más recóndito de su memoria, casi se le sobreponía.
No podía dejarlo pasar, tenía que averiguar la verdad.
Levantó la mano y, al instante, un joven se acercó desde no muy lejos y se inclinó discretamente a su lado.
—¿Ves a la chica que lleva vestido beige?
—Investígala. Quiero toda la información, lo más rápido que puedas.
—Entendido —respondió el asistente en voz baja, y se fue sin hacer ruido.
Camila giró despacio la copa, la vista fija, indagadora, sin apartarse ni un momento de Selena.
Si en verdad era esa persona, entonces muchas cosas encajarían de manera natural. Todo sería mucho más sencillo.
...
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza.
—¿De verdad vamos a lanzarnos en paracaídas? —preguntó Katia, revolviendo el café en su taza, con una mezcla de emoción y un toque de nerviosismo escrito en la cara—. A ver si no me desarmo toda en el aire, con estos huesos ya tan oxidados.
—Ya que estamos aquí, hay que animarse. Es una experiencia —comentó Selena sonriendo, mientras se quitaba el rosario de la muñeca.
Lo guardó con cuidado en el estuche de sus joyas y luego lo dejó bajo llave en la caja fuerte de la habitación.
Alistaron todo, se pusieron ropa cómoda para deportes y, apenas entraron al elevador, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, una mano de dedos largos se interpuso y las detuvo.
Esteban entró.
Detrás de él venía el mismo compañero de lentes que habían visto el día anterior.
—Buenos días —saludó Esteban con una sonrisa dirigida a Selena y Katia, acomodándose con naturalidad a su lado.
El elevador sonó con un —ding— y llegaron a la planta baja.
Los cuatro caminaron juntos hacia el estacionamiento. Esteban los llevó a su camioneta negra, una Land Rover, espaciosa y cómoda.
Selena y Katia se acomodaron en la parte de atrás.
Salieron del hotel sin prisa y se unieron al tráfico que iba por la carretera costera.
Por la ventana, el mar azul y el cielo despejado se extendían como un cuadro. El paisaje era espectacular.
Esteban manejaba con seguridad, los dedos apenas tocando el volante. De vez en cuando, miraba por el retrovisor hacia los asientos traseros, sobre todo a Selena.
Pasaron varios minutos.
—Parece que hay dos carros detrás, no nos han perdido de vista —comentó Esteban.
Selena lo sabía. Eran los de Isaac.
—Despístalos —pidió ella, con una voz tranquila e imperturbable.
Esteban, que conocía muy bien las calles de Victoria del Mar, demostró ser todo un experto al volante.
En un cruce de tres vías, logró dejar atrás a los carros que los seguían.

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