Selena se quedó completamente rígida en sus brazos, sin atreverse a moverse, apenas consciente del latido firme de su corazón, que se sentía a través de la tela de su camisa.
Él la llevó cargando de regreso a la recámara principal.
...
El sonido del agua corriendo en la regadera retumbaba desde el baño.
Sentada al borde de la cama, Selena aún sentía que su corazón no lograba calmarse; la adrenalina de hace un rato seguía recorriéndole el cuerpo.
Miró la puerta cerrada del baño y luego fijó la vista en el celular que Isaac había dejado descuidadamente sobre la mesita de noche.
Estiró la mano, lo tomó y apareció la pantalla de bloqueo. Sin pensar demasiado, tecleó su fecha de nacimiento.
El teléfono se desbloqueó.
La pantalla se iluminó mostrando, para su sorpresa, una foto suya.
Buscó rápidamente en los registros de llamadas hasta encontrar el nombre de Felipe.
Marcó.
El teléfono sonó un par de veces y alguien contestó con rapidez.
—¿Bueno? ¿Qué onda, Isaac, te dio nostalgia en la madrugada o qué? —La voz de Felipe llegaba entre ruidos de fondo, con ese tono burlón tan suyo.
Selena se aclaró la garganta, buscando que su voz no temblara.
—Ehm... Felipe, soy yo, Selena.
Del otro lado del teléfono, el silencio se hizo denso de inmediato.
Unos segundos después, la voz de Felipe se alzó, incrédula y con un deje de asombro:
—¿Se... Selena? ¿Tú...? ¿Cómo...?
—Isaac, él...
Selena le contó a toda prisa lo que había sucedido esa noche, omitiendo detalles innecesarios.
Felipe soltó un suspiro tan fuerte que casi se escuchó como un quejido.
—Ay, Dios... él está mal.
Selena se quedó callada, sin comprender del todo.
—Espera, Selena, no lo digo por insultarlo —se apresuró a explicar Felipe—. Es que... él sí está enfermo. Desde que tú... bueno, desde que te fuiste, le dio depresión. Ahora mismo seguro está teniendo una recaída. Capaz hasta cree que eres una alucinación.
¿Depresión?
¿Ese Isaac dominante, mandón, que parecía que nada ni nadie podía doblegarlo...?
—¿Y ahora qué hago? —preguntó, sintiendo la garganta reseca.
—La medicina está con el encargado de la casa —contestó Felipe—. Cuando se calme, se le pasa. Solo... por favor, no lo alteres.
—Está bien, entiendo.
Selena colgó, dejó el celular en su sitio y se levantó con la intención de buscar al encargado de la casa. Intentó abrir la puerta, pero se dio cuenta de que estaba cerrada con llave.



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