Selena vio cómo él se bebió la leche del vaso de un solo trago, no dejó ni una gota.
Apenas terminó, se dio la vuelta y entró al baño.
Ella miró a su alrededor. Sobre el lavabo seguía su limpiador facial, a un lado estaba su cepillo de dientes eléctrico, en la pared colgaba su toalla azul claro de siempre, y en la esquina reposaba su diadema de orejas de gato.
Todo seguía igual que antes de irse, como si nunca se hubiera alejado de ese lugar.
Terminó de bañarse y apenas abrió la puerta una rendija—
Vio a Isaac parado afuera, esperándola, inmóvil.
Él extendió la mano; sus movimientos parecían mecánicos al tomarle la muñeca y jalarla suavemente hacia afuera.
Selena no se resistió y lo dejó llevarla hasta el tocador, donde la sentó.
Isaac agarró la secadora que estaba cerca.
El zumbido cálido llenó el ambiente.
Parado detrás de ella, sus dedos se deslizaron con delicadeza entre el cabello de Selena.
Ella miró por el espejo a ese hombre tan concentrado en secarle el pelo, y no pudo evitar pensar que, en ese momento, Isaac parecía un muñeco programado para seguir una rutina.
...
Ya era de madrugada y Selena seguía sin poder dormir.
La lámpara de la mesita de noche seguía encendida. La luz, suave y cálida, bañaba la mitad de la cama.
Ella estaba de lado, mirando la alfombra junto a la cama.
Ahí, sentado en el suelo, Isaac se apoyaba en el borde, sin moverse ni un centímetro, observándola fijamente.
Su mirada era tan intensa que daba miedo; ni siquiera parpadeaba, como si temiera que, al hacerlo, ella desapareciera.
Selena sintió que la piel se le erizaba por la forma en que él la miraba.
—¿No vas a dormir? —preguntó, incómoda.
—Tú no has dormido —respondió él con naturalidad, la voz áspera.
—Bueno, pero cuando yo me duerma, tú también deberías ir a descansar.
—Está bien —asintió Isaac, pero no hizo el menor intento por levantarse.
Selena, resignada, cerró los ojos, obligándose a dormir.
Pero esa mirada, tan penetrante, no la dejaba en paz. Volvió a abrir los ojos a escondidas, y comprobó que él seguía ahí, igual que antes, como si fuera una estatua.
—Isaac...
—¿Eh?
—Si me sigues mirando así, no voy a poder dormir.
Él guardó silencio unos segundos, y su voz salió casi en un susurro:
—Es que, si cierro los ojos, siento que te vas a hundir en el mar.
Selena giró la cabeza para mirarlo.


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