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Amor que Fue romance Capítulo 216

Él no se sentó, simplemente se apoyó con desgano en el tronco de una palmera cercana.

Antes de que Selena pudiera decir algo, Bruno apareció corriendo con una charola llena de mariscos asados y brochetas de fruta, mostrándola con orgullo frente a ella.

—¡Selena! Prueba este ostión asado, yo vi cómo lo preparó el chef, ¡le puso un montón de condimentos!

Ignoró por completo a Carlos y a Esteban, que estaban junto a ella.

Selena miró la charola donde los ostiones chisporroteaban, y luego los ojos brillantes de Bruno, tan ansiosos y llenos de expectativa, que no le quedó más remedio que tomar una brocheta entre los dedos.

—Gracias.

—La neta, los jóvenes sí tienen energía para correr tanto —aventó Esteban, con voz despreocupada.

En ese instante, una sombra se cernió sobre ellos.

Isaac había llegado sin que nadie se diera cuenta, trayendo en la mano una cobija ligera.

Sin mirar a nadie, caminó directo hacia Selena y, con delicadeza, le cubrió los hombros con la manta.

—En la noche corre el viento.

Selena se quedó un instante inmóvil, con la cobija sobre los hombros.

El ambiente se llenó de una tensión invisible, como si la brisa nocturna trajera algo más que sal y arena.

Carlos levantó su copa de champán y bebió un sorbo pequeño.

Esteban cerró su encendedor con un clic seco, y echó una mirada cargada de burla a Isaac.

Bruno, entre desconcertado y retador, miró de un lado a otro, y se pegó aún más a Selena.

—Selena, tienes que probar este pedacito de piña, está buenísima, dulce como miel.

Selena aceptó la brocheta de piña asada, sintiendo la mirada de todos pero ignorando la competencia muda que flotaba entre los hombres.

—Gracias —dijo, y empezó a comer despacio mientras observaba cómo bailaban las llamas de la fogata, sin involucrarse en la batalla silenciosa que se libraba a su alrededor.

Esteban apagó el cigarro, lo tiró en el bote de basura portátil, y rompió el silencio con su tono siempre tan relajado.

—Mañana no tengo nada pendiente, así que pienso pasear por la isla.

Se volvió hacia Selena con una sonrisa despreocupada.

—Dicen que viviste aquí tres años, ¿cierto?

Selena levantó la mirada.

—Sí.

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