El celular vibró mostrando una llamada: F.
Selena echó un vistazo, pero no contestó.
El timbre insistente resonó durante un rato, hasta que por fin se detuvo.
La pantalla volvió a iluminarse.
Isaac: [Ábreme la puerta.]
Selena tomó el celular, leyó el mensaje y, sin darle importancia, lo dejó boca abajo sobre la cama, sin responder.
Recordar esos tres años le revolvía el ánimo.
Aquellos días en los que tuvo que lamerse las heridas sola, intentando recomponerse en un país extraño, no eran tan fáciles ni tan ligeros como le había contado a Esteban. En el fondo, todo ese esfuerzo por rehacerse le había pesado mucho más de lo que quería admitir.
Ahora mismo, ver a Isaac estaba fuera de sus planes.
Fue hasta la barra, se sirvió un vaso de agua con hielo y salió al balcón.
Abajo, la fogata en la playa seguía ardiendo con fuerza. Todavía se colaban, difusas, las risas y voces de la gente.
Selena se apoyó en el barandal, dejando que el frío del vaso le calmara las manos y las ideas.
De pronto, un movimiento la sacó de su ensimismamiento.
Volteó instintivamente.
En el balcón de al lado, a escasos tres metros, estaba Isaac.
Seguía con la misma camisa azul claro, el viento de la noche despeinándole el cabello y dejando al descubierto unos ojos que, incluso en la penumbra, ardían con intensidad. Se quedó mirándola, directo, sin apartar la vista.
¿Cómo demonios…?
Antes de que Selena pudiera asimilarlo, Isaac, sin siquiera tomar vuelo, saltó con agilidad y aterrizó en su balcón.
Selena abrió los ojos de par en par, entre el susto y la rabia, sintió cómo la sangre le hervía.
—¡Isaac! ¿Estás loco o qué? —le lanzó una mirada furiosa y luego señaló hacia abajo—. ¡Es el octavo piso! ¡El octavo! ¿Te quieres matar o qué demonios te pasa?
Isaac, lejos de mostrar remordimiento, se acercó un paso y sus labios se curvaron en una sonrisa imposible de controlar.
—¿Te preocupaste por mí? —preguntó, dejando clara la alegría en su voz.
—¿Me estás diciendo que te preocupaste por mí, Selena?
La voz de Selena era apenas un susurro, llevada por el viento.
—Fue como pasar por una enfermedad terrible. Todo dolía, y no veía salida.
—Dejar ir a alguien… o dejar atrás el pasado… cuesta mucho más de lo que uno imagina.
Isaac sintió que algo le apretaba el pecho. Miró su perfil sereno, sintiendo la garganta seca.
—Pero, en este mundo, no hay nada que el tiempo no termine por suavizar.
—El dolor… después de tanto, se va volviendo insensible.
—Y cuando pasa suficiente tiempo, parece que… ya no duele tanto.
—Con los años, entendí que nadie es indispensable de verdad.
—La vida aquí en la isla es sencilla.
—Surfeo, miro el mar, tomo el sol, escribo novelas.
—La mayor parte del tiempo… sí, puedo decir que soy feliz.

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