—Ya pasó todo, estoy aquí —la voz firme de Isaac intentaba tranquilizar a la mujer temblorosa entre sus brazos.
Isaac nadó con Isabel hasta la orilla, donde don Galindo y Felipe se apresuraron a ayudarlos. Isabel estaba empapada, el cabello pegado a su cara pálida, los ojos cerrados y el cuerpo sacudido por escalofríos.
Sin perder tiempo, Isaac la levantó en brazos. Su camisa blanca, empapada, se adhería a su pecho marcado.
—¿Qué hiciste? —le lanzó una mirada a Selena tan cortante que cualquiera habría sentido la piel erizarse.
Selena abrió la boca para intentar explicar, pero no le salió ni una sola palabra. Las miradas de todos eran como flechas invisibles, apuntando con fuerza hacia ella.
—Isaac… —susurró Isabel, débil y acurrucada contra él, apenas audible—. Tengo mucho frío…
Isaac bajó la mirada, y sus ojos se suavizaron al ver el estado de Isabel. La apretó más fuerte, casi envolviéndola por completo.
—No te preocupes, ya te llevo a la casa. Todo va a estar bien.
Sin dudar, avanzó a paso firme rumbo al edificio principal, dejando una hilera de huellas mojadas sobre el camino de piedra.
Selena se quedó plantada ahí, junto al lago, mientras la brisa matutina la hacía temblar. Pero lo que sentía por dentro era mucho más intenso que el frío de afuera. No supo cuánto tiempo permaneció así, mirando la superficie del agua agitada por el viento. Por un instante, creyó ver de nuevo la sonrisa confiada de Isabel justo antes de caer al lago.
Nunca se le ocurrió que las cosas llegarían a este extremo, ni que Isaac la miraría con ese desdén, con esa dureza que parecía de un desconocido.
Al fin, cuando las piernas le respondieron, comenzó a caminar, arrastrando los pies camino al edificio principal.
...
Dentro del vestíbulo, la esposa de don Galindo murmuraba con varias invitadas. Al ver entrar a Selena, las conversaciones se silenciaron de golpe.
—El presidente Méndez ya llevó a la señorita Ríos al hospital.
Selena asintió, pero sentía la garganta apretada, como si algo muy pesado le impidiera hablar.


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