Selena avanzaba rápido, protegida por su equipo, yendo contra el flujo desbordado de personas que huían despavoridas por el pasillo.
Al llegar a la esquina, la pared bloqueó su vista. De pronto, un sonido seco —¡psss!— y enseguida un olor picante le golpeó de lleno.
Sintió como si le hubieran lanzado jugo de chile a los ojos. El ardor era tan intenso que no podía evitar que las lágrimas le corrieran sin control, y todo comenzó a verse borroso.
Su garganta y la nariz le ardían como si le hubieran encendido fuego por dentro. Empezó a toser de modo incontrolable, sin poder recuperar el aire.
—¡Cof, cof...! ¡Cof, cof, cof...!—
En medio de la confusión, alcanzó a escuchar a Chiara y a otros miembros de seguridad soltar quejidos ahogados de dolor.
De repente, una mano enorme le tapó la boca y la nariz, jalándola hacia atrás con fuerza.
—Mmm...— luchó con todas sus fuerzas, pero era inútil. El olor la mareaba, el pecho le pesaba y cada vez sentía menos energía.
Antes de perder la conciencia, lo último que vio fue la silueta borrosa de varias personas con mascarillas antigás...
...
Cuando Isaac llegó al lugar de la fiesta, la entrada ya estaba acordonada con cintas de la policía.
Se obligó a mantener la calma, aunque por dentro su mente iba a mil por hora, repasando cada posibilidad.
A un lado, la voz de Chiara, rota por el llanto, se dejó escuchar:
—¡Presidente Méndez! ¡La presidente Monroy...!—
Isaac no se detuvo. Siguiendo la dirección que le indicó Chiara, avanzó hacia el pasillo lateral.
Ahí, la luz era tenue, lejos del caos principal.
Justo al doblar la esquina, sus pasos se detuvieron.
En el suelo, un bolso de mano plateado que reconoció al instante.
No muy lejos de ahí, un pendiente de diamante.
Sus peores sospechas se confirmaron en ese momento.
Un escalofrío le recorrió la espalda, solo para transformarse de inmediato en una furia devastadora.
Se agachó y recogió el pendiente, apretándolo en el puño hasta sentir cómo las puntas le lastimaban la piel.
La tensión a su alrededor era tan densa que todos los presentes se apartaron. Los ojos de Isaac lanzaban una mirada que helaba la sangre, repleta de una rabia que amenazaba con explotar.
—¡Cierren todas las salidas! ¡Revisen las cámaras! ¡Quiero que registren el hotel de arriba a abajo!—
Un asistente se acercó corriendo:
—Presidente Méndez, en la primera revisión descubrimos que los sospechosos escaparon por el pasillo de servicio. Manipularon las cámaras, solo quedaron unas pocas imágenes borrosas de gente con mascarilla.—


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