Selena despertó sobresaltada por una sacudida brutal.
Al abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba tirada en el asiento trasero de un carro, con las manos y los pies amarrados con cuerda áspera y la boca sellada con cinta adhesiva.
A través de la ventana, las calles desconocidas desfilaban a toda velocidad.
Intentó moverse, pero el lazo solo se apretó más, quemándole la piel con cada esfuerzo.
El carro se detuvo de golpe, giró bruscamente y se metió en un callejón estrecho antes de estacionarse frente a una fábrica abandonada.
La puerta se abrió de par en par. Dos sujetos con mascarilla la sacaron a rastras, empujándola sin miramientos hacia el interior.
Dentro del almacén, la luz era tenue. Apenas unas bombillas colgaban del techo, lanzando un resplandor amarillento y débil.
El aire olía a óxido, aceite y humedad agria.
Uno de los tipos la empujó con fuerza. Selena cayó al piso, sintió cómo todo le daba vueltas por el golpe.
—Mmm… —intentó gritar, pero la cinta en la boca solo dejó escapar un sollozo apagado.
Escuchó pasos acercándose, cada vez más fuertes.
Con mucho esfuerzo, levantó la cabeza para ver quién venía.
¡Carlota!
Era inconfundible, aunque Carlota estaba hecha un desastre: el pelo pegado al rostro por el sudor, los ojos inyectados de sangre, y en su cara, donde alguna vez hubo dulzura, ahora solo quedaba una mueca retorcida entre locura y odio.
—Selena… al fin caíste en mis manos —dijo Carlota, con una voz aguda y una sonrisa llena de nerviosismo, casi histérica—. Te juro que verte así… —sacudió la cabeza, riéndose—, no sabes cuánto lo había esperado.
Se fue acercando, paso a paso, empuñando un cuchillo de cocina. La punta del cuchillo relucía mientras lo agitaba frente al rostro de Selena.
—¡Todo es culpa tuya! ¡Maldita zorra! —soltó Carlota de repente, se agachó de golpe y le jaló el pelo a Selena, obligándola a mirarla de frente—. Si no fuera por ti, mi mamá no estaría en la cárcel. ¡Yo no estaría destrozada! ¡Todo lo arruinaste!
Selena no tuvo más remedio que levantar la vista. El tirón la hizo ver estrellitas, pero lo que más le dolía era la furia en los ojos de Carlota.
Ella sabía que cualquier provocación solo empeoraría las cosas. Carlota estaba peligrosamente fuera de sí.
—¡Tú destruiste mi vida! ¡Arruinaste mi familia! —gritaba Carlota, cada vez más exaltada. El cuchillo le temblaba en la mano—. ¡Le quitaste todo a mi mamá! ¡Ahora por tu culpa la humillaron! ¡Tú y tu madre, las dos merecen lo peor!
Selena sintió que se le congelaba la sangre. Carlota estaba completamente desquiciada.
…
Isaac la miró. Sintió que el corazón se le estrujaba en el pecho, como si le faltara el aire.
Unos segundos de contacto visual parecieron durar una eternidad.
Carlota apartó el teléfono, molesta.
—¿Ya viste? Está viva. Ponte las pilas con el dinero.
—Déjala ir. Yo puedo tomar su lugar como rehén.
Al escuchar eso, Carlota se quedó pasmada. Luego, su cara se torció y soltó una carcajada desbordada, casi fuera de control.
—¡Jajajaja! ¿Estás mal de la cabeza, Isaac? ¿De verdad quieres cambiarte por ella?
—Mi valor es mucho mayor que el de Selena —contestó Isaac, tanto o más sereno que antes—. Tú quieres dinero, quieres salir de aquí sin problemas. Solo yo puedo darte más de lo que imaginas… y asegurar que salgas sin que te atrapen.
La risa de Carlota se apagó en seco.
Por un instante, su mirada se clavó en la pantalla del celular, donde un brillo de codicia y desvarío se encendió en sus ojos.

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