Dos meses después.
Residencial Las Lomas.
El sol de principios de otoño se filtraba por la cúpula de cristal del invernadero, bañando las flores con su luz dorada.
A Isaac ya le habían quitado el yeso, pero por ahora seguía dependiendo de la silla de ruedas.
—Clic—, se oyó el sonido nítido de las tijeras de podar.
Selena colocó la rosa recién cortada en un florero.
—¿Es para llevársela a Katia?
—Sí —respondió Selena, sin mirar, mientras elegía otra flor—. Últimamente se ha obsesionado con los arreglos florales.
El aroma fresco de las flores y las plantas llenaba el aire del invernadero.
Isaac maniobró la silla para acercarse un poco más, deteniéndose junto a una estantería repleta de macetas.
Observó la figura esbelta de Selena y el vaivén de sus manos delicadas entre los tallos. Los rayos de sol danzaban sobre su cabello, creando destellos dorados entre los mechones.
La escena era tan hermosa que parecía sacada de un sueño. Pero dentro de Isaac, algo le carcomía por dentro, una sensación que le picaba más y más.
—Nosotros… ¿entonces cuándo nos vamos a casar?
El movimiento de las tijeras de Selena se detuvo.
¿Casarse?
Isaac esperó unos segundos sin recibir respuesta, y la impaciencia lo consumió.
Con su condición actual, atado a la silla de ruedas, se sentía vulnerable, un blanco fácil.
Todos esos tipos que merodeaban, esperando la menor oportunidad para acercarse… ¿acaso no estaban solo al acecho?
Necesitaba una identidad, una posición que ahuyentara a cualquiera: ser el esposo de Selena.
Ella se giró despacio, con una rosa color champán semidesplegada en la mano y una sonrisa tranquila en los labios.
—Ahora mismo no tengo ganas de casarme. Además, ¿cuál es la prisa? Somos jóvenes, todavía nos queda mucho por delante.
—¿Y si en unos años ya ni siquiera nos aguantamos y terminamos hartos el uno del otro?
Los dedos de Isaac se apretaron con fuerza sobre los brazos de la silla.
—Eso no va a pasar.
—Desde el principio hasta ahora, lo que siento por ti solo ha ido creciendo.
Selena guardó silencio, bajando la mirada para seguir arreglando las flores con atención.
Isaac acercó la silla un poco más, deteniéndose a su lado.
—Selena, ¿ya olvidaste la promesa que me hiciste entre los escombros? —murmuró.
Las manos de Selena se detuvieron apenas un instante.
—No lo he olvidado —al fin contestó—. Solo que tengo miedo...
—¿Miedo de qué?
—De no poder darte ese tipo de amor que buscas —se giró para mirarlo de frente, con una sinceridad y un dolor difíciles de disimular—. Te lo advertí: puede que nunca vuelva a amarte como antes.
Isaac tomó su mano entre las suyas.
—Selena, yo no te estoy pidiendo que me ames. Solo quiero que sigas a mi lado. Con eso me basta.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Amor que Fue