Isaac soltó una risa baja, cargada de nostalgia.
—En ese entonces era mucho más travieso que ahora. Cada vez que me traían de vuelta, no pasaban ni dos días antes de que ya estuviera pensando en escaparme otra vez.
Mientras platicaba, la llevó por un sendero que serpenteaba alrededor de una colina de piedra. De pronto, el paisaje se abrió y apareció ante ellos un estanque amplio, cubierto por hojas de loto. Unas cuantas garzas blancas caminaban con calma por la orilla poco profunda, picoteando el agua en busca de alimento.
—Me acuerdo que una vez, en verano, aproveché la noche y me escapé al cerro. Pero, de la nada, caí en un hoyo lleno de agua y regresé hecho un fango. Mi abuelo me castigó a pasar la noche entera de rodillas.
Selena no pudo evitar reírse, imaginando a ese niño terco y rebelde, cubierto de lodo hasta las orejas.
—O sea que siempre fuiste así de necio —le aventó, divertida.
El brillo en los ojos de Isaac se intensificó, complacido por su reacción.
Cruzaron un pequeño puente de madera. Selena, fascinada, se detuvo ante la sombra imponente de un árbol gigantesco. Su copa, vasta y poderosa, se extendía como un paraguas verde, cubriéndolos del sol.
—Es un árbol de ginkgo, debe tener por lo menos quinientos años —explicó Isaac, siguiéndola con la mirada—. Cuando la familia Méndez se mudó aquí, ya era enorme.
Se acercaron a la base del árbol. El tronco era tan grueso que, para abrazarlo por completo, harían falta al menos tres adultos. Selena apoyó la mano sobre la corteza rugosa, sintiendo en la yema de los dedos el peso de los siglos.
En el tronco había varias marcas, cicatrices apenas visibles, suavizadas por el paso del tiempo.
—¿Y esas rayas? —preguntó, señalando los surcos.
Una chispa de añoranza cruzó el rostro de Isaac.
—Algunas las hice yo de niño. Cada vez que volvía, mi abuelo me marcaba la altura aquí.
Selena entrecerró los ojos, esforzándose por descifrar los grabados. En su mente, podía ver a un pequeño niño, parado de puntillas, dejando constancia de su crecimiento año tras año.
—Y otras —añadió Isaac—, las hicieron los hijos y nietos de los Méndez a lo largo de las generaciones. Este árbol ha visto todos los altibajos de la familia.
La luz de la tarde se filtraba entre las hojas, dibujando figuras danzantes sobre sus cuerpos. Un silencio apacible los envolvió.
—Qué bonito —susurró Selena, sintiéndose parte de algo más grande.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Amor que Fue