Isaac tomó la mano de Selena y la condujo a través de varios pasillos iluminados, adentrándose cada vez más en la zona más apartada de la enorme hacienda. Se detuvieron frente a un edificio discreto, casi invisible entre la majestuosidad del lugar.
Dentro, no había señales de personal ni ruidos ajenos; solo el murmullo sutil de los sensores encendiendo las luces a cada paso que daban.
Al final del corredor, apareció un elevador. Descendieron hasta el sótano, donde una puerta metálica, tan imponente como la bóveda de un banco, los esperaba. No había manijas ni cerraduras visibles; lo único que resaltaba era un escáner incrustado en la pared.
Isaac se adelantó y apoyó la palma en el lector. Un haz de luz roja pasó sobre su mano, acompañado de un leve —bip—.
Luego, acercó el rostro a un lector de iris.
—Identidad confirmada, señor Isaac— anunció una voz electrónica.
La pesada puerta se deslizó hacia adentro, revelando otra igual de robusta, también con su propio sistema de seguridad.
—¿Qué es este lugar?— preguntó Selena, asombrada por el nivel de protección, que superaba cualquier cosa que hubiera visto, incluso en instalaciones militares.
—Ya verás— respondió Isaac, guiándola sin soltar su mano, y repitió el proceso de verificación.
La segunda puerta cedió, pero aún quedaba una tercera barrera.
Tras superar los tres controles, finalmente la última puerta se abrió de par en par.
Dentro, los recibió una sala gigantesca, bañada por una luz blanca tan intensa que todo parecía resplandecer.
Selena se quedó sin aliento.
Frente a ella, filas y filas de lingotes de oro, perfectamente apilados, destellaban bajo la luz, casi deslumbrándola.
Además del oro, había archiveros que llegaban hasta el techo, ordenados con precisión casi obsesiva.
Isaac la llevó hasta una consola y le registró el acceso.
—Aquí, solo nosotros dos podemos entrar.
Selena apartó la mirada de los lingotes y la posó en los archiveros.
—¿Y todo esto…?


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