El paso de Selena se detuvo en seco al distinguir quién venía hacia ella. Era Nadia Méndez.
A diferencia de la última vez que la vio, arrastrada fuera de la fiesta hecha un desastre, ahora Nadia lucía aún peor. Tenía el cabello enredado, el rostro marcado por huellas de dedos y latigazos que seguían rojas e hinchadas, desfigurando sus rasgos finos y dándole un aire siniestro.
Todavía llevaba la ropa del día anterior, toda arrugada, manchada de tierra y con restos de pasto pegados.
—¡Señora! ¡Por favor, tenga compasión! ¡Le suplico que nos perdone! —Nadia alzó la mirada, con el rostro surcado de lágrimas, la voz ronca y quebrada por el llanto—. ¡Fui una bruta, una bocona! ¡Merezco lo peor! ¡Por favor, interceda ante el jefe por nosotros! ¡Ya entendimos, de veras que sí!
Gateó un par de pasos, intentando aferrarse al pantalón de Selena.
Selena retrocedió para evitar el contacto, mirándola con calma, sin decir una sola palabra.
Ya había visto ese tipo de escena demasiadas veces: gente que se dobla al viento, arrogante cuando puede y suplicante cuando no. Personas como Nadia Méndez, que sólo saben abusar de los débiles y temblar ante los fuertes, incapaces de sentir remordimiento genuino. Su suplica de ahora no era más que un show de quien ya no tiene salida, algo que no merecía ni una pizca de compasión.
Al ver que Selena ni siquiera se inmutaba y que estaba a punto de irse sin dedicarle ni una mirada, la expresión de súplica de Nadia se congeló.
Siguió arrodillada, pero las lágrimas se detuvieron. En su lugar, volvió a aparecer ese veneno conocido, el mismo de la noche anterior.
Ya no pudo sostener la farsa.
De golpe, se levantó, secándose las lágrimas con la mano, y su cara se transformó en una mueca de rabia.
—¡Bah! ¿A poco te crees muy digna? —le lanzó con la voz afilada—. ¿No eres tú la que sólo llegó aquí por meterse en la cama del jefe? ¿De qué presumes? ¡Ni que fueras la gran cosa!
—Aparte de manipularlo en la cama, ¿qué otra cosa sabes hacer? Sin tu hombre, ¿qué serías tú? ¡No eres más que alguien que se vende al mejor postor! —Cada palabra era más venenosa que la anterior, y el coraje y la humillación acumulados explotaron de golpe.
—El día que el jefe se canse de ti, a ver cómo te va conmigo.
Apenas terminó de hablar, dos guardias que estaban en la sombra del pórtico del edificio principal irrumpieron corriendo, tan rápido que Nadia ni tiempo tuvo de reaccionar.
—¡Paf!
—¡Paf!
El sonido de las bofetadas fue seco y brutal, directo a la cara ya hinchada de Nadia.



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