Por un momento, el ambiente dentro del privado se relajó, aunque fuera apenas un poco.
Selena regresó a su asiento. Frente a ella, la copa ya estaba llena de vino, cortesía del mesero.
El líquido rojo oscuro giraba en el cristal. Sin inmutarse, Selena tomó la copa y se la llevó de un solo trago.
El ardor del vino le quemó la garganta y le encendió el estómago, como si hubiera una fogata dentro de ella. Esa sensación le gustaba; al menos por un rato, lograba ahuyentar el hielo que sentía en el alma.
—Señorita Monroy, no beba tan rápido —le advirtió Paulina, la más joven del grupo, con buena intención.
Selena le sonrió y volvió a servirse. Esta vez, no se la tomó de inmediato, sino que se quedó moviendo la copa, viendo cómo el vino brillaba bajo la luz.
—Dicen que este vino lo apartó el presidente Méndez especialmente para la señorita Ríos —susurró el productor, bajando la voz, con los ojos chispeando de chisme—. Si no fuera porque vino hoy la señorita Ríos, ni de broma probaríamos algo así de bueno.
Selena volvió a sonreír. En esa sonrisa se mezclaban burla y resignación.
La segunda copa se fue directo al estómago, y Selena empezó a sentir la cabeza dando vueltas suavemente.
Para la quinta copa, la mayoría ya se había ido del privado. Solo quedaban unos pocos, conversando bajito sobre el guion en una esquina.
Nadie parecía notar cuánto había bebido Selena, ni imaginaba lo que pasaba por su cabeza.
Miró el vino que quedaba en su copa. Por un instante, creyó ver reflejados los ojos de Isaac: esos ojos que antes brillaban solo por ella, y que ahora mostraban ternura por otra mujer.
Cinco años atrás, él le había dicho: Selena, cuando recupere la vista, quiero casarme contigo.
Cinco años después, iba a casarse con otra. Sin siquiera una explicación.
El amor, pensó Selena, era igual que esa copa de vino: fuerte, embriagador, capaz de envolverlo todo… pero tarde o temprano, siempre se acaba.
Solo que, antes de terminar de beberlo, alguien ya le había arrebatado la copa.
Se dejó llevar por sus recuerdos, como si en su cabeza hubiera un proyector que le mostraba escenas de antes: los dos caminando bajo la lluvia, él velando por ella toda la noche cuando enfermó, los momentos robados de cariño y paz.
La vista se le nubló; las lágrimas y el alcohol se mezclaron en sus ojos.



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