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Amor que Fue romance Capítulo 50

—¿Qué te gustaría cenar? Voy a pedirle a la cocina que lo prepare.

El cuerpo de Selena se tensó de inmediato. El pincel quedó suspendido en el aire y una gota de pintura cayó, formando una mancha en la paleta.

No respondió. Ni siquiera volteó a verlo.

—Ya basta.

Isaac, de repente, le sujetó la muñeca desde atrás. El pincel se deslizó entre sus dedos y terminó manchando de rojo oscuro la alfombra de lana.

—Llevas tres horas pintando. Ya es hora de cenar.

—No tengo hambre.

Isaac soltó un suspiro, se agachó y la levantó en brazos sin importarle su resistencia. Caminó con paso firme hacia la puerta.

—¡Suéltame!

Selena le pegó en el pecho, pero él ni se inmutó.

Isaac la llevó bajando la escalera de caracol. Los empleados que andaban por el vestíbulo bajaron la cabeza, fingiendo no ver nada.

La mesa del comedor ya estaba lista para la cena.

—No quiero comer.

Selena apoyó las manos en las rodillas y se quedó mirando hacia la nada.

Isaac no insistió. Solo dio una palmada. Dos empleados, vestidos con uniforme negro, entraron empujando un carrito con la comida ya servida.

Había pescado al vapor, estofado de cola de res con trufa, y su favorita: crema de calabaza.

—Pruébala, el chef la preparó especialmente para ti.

Isaac tomó la cuchara, la llenó de sopa, sopló despacio para enfriarla y se la acercó a los labios.

—Abre la boca —ordenó, aunque su voz sonó extrañamente suave.

Selena cerró la boca con fuerza y no apartó la mirada del vacío.

La paciencia de Isaac parecía infinita.

Permaneció ahí, con la cuchara en alto, hasta que la sopa se enfrió un poco.

Al ver que ella seguía sin reaccionar, soltó otro suspiro. Pero en sus ojos apareció una determinación oscura.

—¿Vas a dejarte morir de hambre? —bajó la voz, solo ellos podían escuchar.

—Si no comes, haré que saquen la urna de las cenizas de Marina del cementerio.

—¡Ni se te ocurra!

—Atrévete a comprobarlo —Isaac la miró con tal dureza que helaba la piel, aunque la cuchara seguía firme junto a sus labios.

Los labios de Selena temblaron. Al final, cedió y los abrió.

Sintió su mirada fija en el rostro.

Ella cerró los ojos, fingiendo dormir, aunque el cuerpo le temblaba.

Los labios de Isaac acariciaron sus pestañas, y el beso que dejó en su entrecejo fue tan leve como contenido.

Su voz, ronca y baja, casi vulnerable, le llegó al oído.

—Selena, te amo.

Las pestañas de Selena temblaron apenas, pero no abrió los ojos.

No le respondió, ni siquiera su respiración se alteró.

Como si esas palabras no fueran más que viento colándose por la ventana, sin dejar huella.

Isaac permaneció mucho rato con los labios en su frente, hasta que por fin se apartó y se recostó de nuevo.

En la oscuridad, Selena abrió los ojos despacio. Las lágrimas resbalaron en silencio, empapando la funda de la almohada.

¿Amor?

El amor de Isaac era una jaula lujosa, un cuchillo envuelto en caricias.

Prefería no tenerlo.

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