Oscuridad. Una oscuridad profunda, interminable.
Era como regresar a esos días donde no había ni rastro de luz.
En sus sueños, la marea de los recuerdos regresaba con fuerza, arrastrándolo todo a su paso.
Aquel año, Isaac tuvo un accidente de carro. Sufrió un golpe brutal en la cabeza; el daño a sus nervios ópticos fue tan severo que casi no había esperanzas de recuperación.
Cuando llegó el diagnóstico, la familia Ríos fingió que enviaban a Isabel a estudiar al extranjero, pero la verdadera intención era cortar cualquier lazo entre ellos dos.
La familia Ríos jamás permitiría que su hija consentida se casara con un hombre ciego.
Al mismo tiempo, dentro de la familia Méndez, la tensión hervía bajo la superficie.
La madrastra, Azucena Jiménez, aprovechó el momento para impulsar al segundo hijo de los Méndez como sucesor de la empresa familiar.
El que antes era admirado por todos, el heredero predilecto, de un día para otro se convirtió en el hijo olvidado de la familia poderosa.
Solo Selena seguía apareciendo, día tras día, en la habitación del hospital.
Dejó atrás una carrera prometedora para convertirse en sus ojos, en sus manos, en sus pies.
Lo acompañó en cada sesión de terapia, le enseñó una y otra vez cómo usar el bastón, cómo sentir el mundo en absoluta oscuridad.
Isaac, irritable y explosivo, rompía cosas a diario; ella se limitaba a juntar los pedazos detrás de él, sin reclamar nada.
En las noches, cuando las pesadillas lo despertaban empapado en sudor, Selena pasaba horas sin dormir, susurrándole palabras tranquilas hasta que lograba calmarse.
Esos tres años parecían eternos, como si el tiempo se hubiera detenido.
Selena nunca lo dejó solo. Poco a poco, lo fue sacando del abismo, enseñándole a vivir con la oscuridad, a encontrar un ritmo en ese mundo sin luz.
Ella se volvió la única brisa cálida, el único resplandor en su universo apagado.
Hasta que un día, un reconocido especialista internacional de la vista trajo una chispa de esperanza. La cirugía fue un éxito.
Cuando la noticia de la recuperación de Isaac se esparció, Azucena derramó lágrimas frente a las cámaras durante una gala benéfica, asegurando que era el milagro por el que había rezado cada día.
Pero lo primero que hizo Isaac al quitarse las vendas no fue celebrarlo, sino revisar cada movimiento de cuentas de los últimos tres años: gastos extraños en un resort de Hawái, transferencias sospechosas a cuentas en Suiza. Nada se le escapó.


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