La venganza por su madre, por fin la había cumplido.
Y no fue una simple revancha: lo hizo de la manera más radical, sin piedad alguna.
Recuperó todo lo que alguna vez le arrebataron, incluso ganó mucho más de lo que imaginó.
Ahora, estaba en la cima. Desde allí, podía mirar a todos desde arriba, intocable y solo.
...
De repente, todo cambió.
Un resplandor blanco lo envolvió.
La playa de aquella isla privada apareció ante sus ojos. La arena, tan suave como azúcar glass, brillaba bajo el atardecer con ese dorado cálido que Selena tanto amaba.
No muy lejos, un arco de flores blancas se alzaba con elegancia. Las gardenias lo cubrían por completo, desprendiendo ese aroma profundo y dulce que era su favorito.
Los pétalos cubrían el sendero hacia el mar, una alfombra espesa y esponjosa. El aire estaba saturado de esa fragancia, como si ella aún estuviera ahí.
Él vestía la camisa blanca que a ella le encantaba, con las mangas enrolladas como solía hacerlo, descalzo sobre los pétalos suaves.
La brisa del mar acariciaba su piel, y el murmullo de las olas era como una canción lejana.
Entonces, se vio a sí mismo extendiendo la mano, buscando la de alguien que ya no estaba a su lado.
—Selena...
Su voz salió entrecortada, temblando entre la esperanza y la angustia.
El silencio le respondió.
Solo la brisa rozó sus dedos, llevándose su súplica.
Aun así, se aferró a ese gesto vacío, avanzando paso a paso hacia el arco de flores.
El atardecer era tan hermoso, tan irreal, como un escenario creado solo para ellos.
Pero la figura que debía estar a su lado, vestida de novia, ¿dónde estaba?
Se giró, encarando el mar, esperando.
El sol iba cayendo poco a poco, la luz dorada se tornó naranja intensa, luego rojiza, hasta teñirse de un tono que recordaba a la sangre.
El cielo y el océano se transformaron en un rojo profundo, casi amenazante.
Las olas, antes apacibles, empezaron a rugir. El sonido era cada vez más fuerte, más urgente, como si el mar quisiera tragárselo.
La inquietud lo invadió. Miró a su alrededor, buscando desesperado esa silueta familiar.
—¡Selena! ¿Dónde estás?


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