El espacio dentro del carro era asfixiante.
Selena presionó su cuerpo contra la puerta, queriendo alejarse de la persona a su lado. Lo más lejos posible.
—¿A dónde me vas a llevar? —preguntó, con la voz tensa.
Isaac no contestó de inmediato. Solo extendió la mano, buscando tocar su mejilla.
Selena giró la cabeza bruscamente para esquivar su toque. Sus ojos reflejaban una mezcla de alerta y rechazo absoluto.
La mano de Isaac quedó suspendida en el aire, sus dedos temblaron ligeramente antes de retraerse.
—A casa —susurró por fin, la voz ronca, como si le costara articular cada palabra.
—Esa no es mi casa —rebatió Selena sin dudar.
La mirada de Isaac se tornó sombría. Rápido, la sujetó de la muñeca, apretando con fuerza, como si temiera que en cualquier segundo ella fuera a desaparecer.
—¡Suéltame!
—No.
—No pienso soltarte nunca.
Selena dejó de forcejear. Sus ojos se volvieron duros y distantes.
—Isaac, lo que estás haciendo es ilegal.
Él forzó una sonrisa torcida, que en nada disimulaba su desesperación.
—Mientras te pueda retener, no me importa nada.
La mirada de Isaac descendió hasta los labios de Selena, manchados aún con restos de sangre. Sus ojos reflejaron una negrura inquietante.
Alzó la otra mano y, con la yema del pulgar, intentó limpiar la herida en la comisura de sus labios.
Selena volvió a apartarse, arrugando el entrecejo con repulsión.
—No me toques.
El gesto de Isaac se congeló. Ver el rechazo tan marcado en la mirada de Selena le dolió tanto que le cortó la respiración.
Tres años.
Había pasado tres años soñando con ella, obsesionado con su recuerdo.
Pero ahora, teniéndola delante, la forma en que lo miraba era más dura que la de una desconocida.
—Selena... —tragó saliva, la voz le salió quebrada—. ¿Me odias, verdad?
Selena no respondió. Simplemente giró la cara hacia la ventana, negándose a mirarlo.
—Mírame —ordenó, aunque en su tono también se colaba un ruego.
Selena permaneció inmóvil.
—¡Mírame! —exigió, esta vez casi rugiendo.
Finalmente, Selena giró la cabeza con lentitud.
—Isaac —articuló, palabra por palabra—, lo nuestro terminó hace tiempo.
Él la rodeó con ambos brazos, pegando su espalda a su pecho, que palpitaba como si estuviera a punto de estallar.
—¡Isaac! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame ya!
Los brazos de Isaac la sujetaban tan fuerte que no podía moverse.
Apoyó la barbilla en el hueco de su cuello.
—No te muevas.
—¡Suéltame! —Selena forcejeó, tratando de abrirse paso entre sus brazos—. ¡¿No me escuchaste?!
Isaac no cedió. Al contrario, la apretó aún más, hundiéndola contra su pecho.
Hundió el rostro en la melena de Selena y aspiró hondo, como alguien que ha estado a punto de ahogarse y por fin encuentra aire.
Había algo enfermizo en esa necesidad desesperada.
—No te suelto —su voz, amortiguada entre su cabello, sonó rota—. Aunque me muera, no te suelto.
Selena paró de luchar, pero su cuerpo permaneció tenso, rígido como una cuerda a punto de romperse.
...
En otro carro, Felipe conducía.
Carlos iba a su lado, con el ceño fruncido y la rabia mordiéndole las entrañas.
La escena de la plaza, donde lo habían arrastrado a la fuerza y obligado a ver cómo Isaac se llevaba a Selena, se repetía una y otra vez dentro de su cabeza, como una pesadilla que no podía borrar.

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