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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 104

—¡Maldita sea! —gruñó Noah, lanzando el teléfono contra la pared apenas terminó la llamada.

​El estallido del aparato no fue suficiente para calmar el pánico que le subía por la garganta. Con un movimiento errático, golpeó la cómoda de madera, rompiendo un frasco de perfume que estalló en muchos pedazos. Un fragmento de vidrio le cortó la base de la palma, y la sangre comenzó a brotar de inmediato, mezclándose con el líquido aromático. No se detuvo a limpiarse; simplemente tomó un pañuelo y apretó el puño, sintiendo el ardor punzante, y salió de la habitación como un animal acosado. Bajó las escaleras casi saltando los escalones, subió a su auto y condujo hacia el hospital con el corazón martilleando fervientemente su caja toracica. Sus manos temblaban sobre el volante, obligándolo a apretar con fuerza para no perder el control. Rogaba, en un susurro desesperado que se perdía en el motor, que Mariana no hubiera recuperado el habla o la memoria, que el impacto contra los escalones hubiera borrado de su mente el momento en que él la empujó.

​Llegó al hospital en un tiempo récord. Al entrar en el pasillo de la unidad de cuidados intensivos, se detuvo un segundo para recuperar el aliento y tratar de borrar el rastro de terror de su rostro. Tenía que fingir estar feliz, aunque por dentro sintiera que el mundo se le venía encima. Al dar la vuelta en la esquina del corredor, vio a Altagracia; la mujer estaba refugiada en los brazos de Robert, con el rostro hundido en su pecho mientras sollozaba de alivio. Robert se veía completamente incómodo; mantenía las manos rígidas, sin saber exactamente si alejarla o palmear su hombro para consolarla. Al escuchar los pasos de Noah, Altagracia se separó de inmediato y Robert aprovechó el momento para ajustarse la chaqueta, soltando un suspiro de agradecimiento al ver que su nieto finalmente llegaba para hacerse cargo de la situación.

​—Llamé también al señor Campbell, Noah. Perdóneme, pero sabía que él apreciaba mucho a mi niña Mariana y creí que debía saber que ya despertó —explicó Altagracia, secándose las lágrimas con un pañuelo.

«Lo único que faltaba, vieja enteometida» pensó Noah, lo último que necesitaba es que su padre estuviera ahí cuando Mariana despertara. Sin embargo fingió que le daba gusto ver a su abuelo apoyándolos.

​—¿Qué ha dicho Mariana? —soltó Noah de inmediato, con una urgencia que no pudo ocultar.

​Robert frunció el ceño, extrañado por la forma en que Noah había formulado la pregunta antes siquiera de preguntar por el estado de salud de su esposa. Noah notó el error en los ojos de su abuelo y trató de corregir sobre la marcha, aunque sus manos seguían sangrando ligeramente.

​Noah sintió que volvía a nacer. El destino le estaba dando una prórroga. Parecía tener la suerte de su lado. Aunque su rostro se mostró neutro y un tanto preocupado. Tenía que fingir que eso le afectaba cuando era todo lo opuesto.

​—Haremos los estudios pertinentes para saber si la lesión en la columna permitirá que vuelva a caminar —continuó el doctor—. Por ahora, lo más importante es que no se altere.

​Robert se acercó y puso una mano en el hombro de su nieto, tratando de darle un apoyo que Noah apenas sentía. Mientras el abuelo murmuraba palabras de aliento, Noah solo podía pensar en una cosa: tenía que aprovechar ese silencio temporal. Debía encontrar la forma de deshacerse de Mariana definitivamente antes de que la inflamación bajara y ella lograra pronunciar su nombre ante las autoridades o su propia familia. Tenía que matarla antes de que recuperara la voz.

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