—Más te vale romper ese compromiso o me vas a conocer de verdad —amenazó Noah, su voz era un gruñido bajo.
—Créeme que ya te conozco mejor que nadie, y no te tengo miedo —respondió Emma con el mentón en alto—. Me voy a casar con Benedict, te guste o no, y más vale que empieces a respetarme porque pronto seré la señora Campbell. Querido sobrino.
Esa última palabra fue el golpe final al orgullo de Noah. Se sentía usado y humillado. Estaba furioso, pero sus ojos la recorrían con un hambre que no podía ocultar; pensaba en sus caderas, en la forma en que ella movía la cintura cuando la follaba duro, y pensar que Benedict ahora disfrutaba de eso le causaba un asco insoportable. Quería hacerle saber que nadie le haría sentir lo que él.
—¿Te acercaste a él por despecho? —preguntó Noah, bajando un poco el tono, casi suplicante—. Esta bien, te lo perdonaré si me lo pides. Pero solo si te alejas de él ahora mismo. Fingiré que esto no pasó. No te hagas esto Emma, sabes que jamás podrás olvidarte de mi. Sabes que él no te hará sentir como te hago sentir yo.
—¿Quién carajos te crees que eres? —soltó Emma con desprecio—. Fuiste un pendejo que ni siquiera se dio cuenta de que yo solo estaba jugando contigo —bufó, tratando de que sus emociones no le jugarán en contra y añoró tanto no soltarse a llorar como una tonta.
Emma logró zafarse de su agarre cuando escuchó pasos. Benedict apareció en la entrada de la terraza, mirando la escena con una expresión retadora. Sabía que algo había sucedido; la tensión entre ambos era evidente.
Benedict la tomó por la cintura con posesión, y Emma le sonrió tratando de ocultar el dolor que le provocaron las palabras hirientes de Noah. Mientras caminaban de regreso al salón, ella sentía que el brazo le pulsaba por el agarre anterior, pero el dolor en su pecho era mucho peor. Noah era un infeliz y cada vez mostraba una cara más oscura que ella jamás creyó que tuviera. Se sentía patética, se había enamorado estúpidamente de un hombre que no era ni de cerca lo que parecía.
—Ire al tocador —avisó a Benedict que estaba más serio, por supuesto no se había tragado ni una sola palabra de Emma. Sus ojos estaban rojos y parecía más nerviosa que al inicio. Pero ahí no podía interrogarla. Ya lo haría cuando la maldita fiesta terminara.
Emma se alejó en busca del baño. Quería vomitar, quería llorar y desaparecer. Eso había sido demasiado. Se encerró en el área de tocadores y se echó agua fría en la cara, tratando de controlar los temblores de sus manos. Secó su rostro y se dijo a sí misma que debía ser fuerte. No podía permitir que la vieran llorando, todo estaba saliendo según lo planeado y así se debía mantener. Sintió un atisbo de orgullo al recordar la cara de Noah cuando le dijo que lo había usado. Pero la rabia por todo lo que recibió a cambio fue mucho peor. Cómo cientos de agujas filosas y muy pequeñas clavándose en su carne. Cuando se enderezó para mirarse al espejo, vio que la puerta se cerraba detrás de ella. Mariana estaba ahí, observándola con una frialdad absoluta. Las dos se miraron a través del reflejo, en un silencio sepulcral. La fiesta estaba lejos de terminar; esto apenas era el comienzo de una larga noche de pesadilla.

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