—Más te vale romper ese compromiso o me vas a conocer de verdad —amenazó Noah, su voz era un gruñido bajo.
—Créeme que ya te conozco mejor que nadie, y no te tengo miedo —respondió Emma con el mentón en alto—. Me voy a casar con Benedict, te guste o no, y más vale que empieces a respetarme porque pronto seré la señora Campbell. Querido sobrino.
Esa última palabra fue el golpe final al orgullo de Noah. Se sentía usado y humillado. Estaba furioso, pero sus ojos la recorrían con un hambre que no podía ocultar; pensaba en sus caderas, en la forma en que ella movía la cintura cuando la follaba duro, y pensar que Benedict ahora disfrutaba de eso le causaba un asco insoportable. Quería hacerle saber que nadie le haría sentir lo que él.
—¿Te acercaste a él por despecho? —preguntó Noah, bajando un poco el tono, casi suplicante—. Esta bien, te lo perdonaré si me lo pides. Pero solo si te alejas de él ahora mismo. Fingiré que esto no pasó. No te hagas esto Emma, sabes que jamás podrás olvidarte de mi. Sabes que él no te hará sentir como te hago sentir yo.
—¿Quién carajos te crees que eres? —soltó Emma con desprecio—. Fuiste un pendejo que ni siquiera se dio cuenta de que yo solo estaba jugando contigo —bufó, tratando de que sus emociones no le jugarán en contra y añoró tanto no soltarse a llorar como una tonta.
Emma logró zafarse de su agarre cuando escuchó pasos. Benedict apareció en la entrada de la terraza, mirando la escena con una expresión retadora. Sabía que algo había sucedido; la tensión entre ambos era evidente.
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