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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 24

Emma elevó el mentón. No se apartó. Al contrario, acercó sus labios a los de Benedict lo suficiente para que su aliento le rozara la boca. Su voz salió dulce, tranquila, con una calma que no era del todo real, pero sí convincente.

—Voy a pensarlo.

El brillo en los ojos grises de Benedict no cambió. No hubo molestia. Solo una sonrisa lenta, segura, como si esa respuesta le gustara más que un sí apresurado. Emma se incorporó con cuidado, apartó la mesa pequeña hacia un lado para poder bajar de la cama sin tirar nada, y tomó el vaso de leche que él le había servido. Bebió despacio, mirándolo solo un instante por encima del borde del vidrio, dejando claro que no se había encogido por la cercanía ni por su tono provocador.

No era que no entendiera lo que él proponía. De hecho lo entendía demasiado bien. Los dos eran adultos. Ella ya no era una niña ni alguien que pudiera fingir que el deseo no existía. Y sí, una parte de ella quería sentir algo distinto, algo que no viniera con promesas, ni con mentiras, ni con esa sensación de estar mendigando un lugar en la vida de nadie. Pero ese no era el momento. No porque le diera miedo Benedict. Era porque no tenía ánimos de ceder otra vez ante un hombre. Y si alguna vez necesitaba ese contacto. Sería cuando ella lo decidiera. No quería que alguien más marcara el ritmo. Ya había vivido demasiado tiempo en el ritmo de Noah.

Benedict se giró sin apuro y caminó hacia el vestidor. Abrió un cajón, sacó un pantalón de dormir y se lo puso con la misma calma con la que hacía todo. Emma terminó el vaso de leche y lo dejó en la charola. Escuchó el sonido suave de la tela al moverse y lo vio salir del vestidor con el cabello un poco revuelto y esa expresión de hombre al que nada lo sacaba de control, ni siquiera cuando claramente lo habían dejado con ganas.

—Yo duermo del lado izquierdo —dijo él con simpleza. Luego apagó la luz y el cuarto se quedó oscuro.

Los primeros minutos fueron raros. Emma se acomodó de lado, con la espalda recta. Benedict se acostó a su lado sin tocarla, pero el espacio entre ambos no era grande. Emma podía sentir el calor de su cuerpo. Y él podia escuchar su respiración. Era imposible ignorarse. Y esa era solo una prueba pequeña de lo que iban a compartir durante meses. Vivir con alguien no era solo un contrato. Despertarían con el otro a su lado cada mañana.

Emma inhaló despacio. La loción de Benedict le llegó de inmediato. Ese aroma amaderado y caro que la acompañaba cada noche. Le calmó la cabeza. Era como si su cuerpo ya se hubiera acostumbrado. No sabía si era porque llevaba semanas rodeada de ese olor en su apartamento, o porque su mente necesitaba aferrarse a algo estable en medio del desastre. Sus ojos se cerraron sin que lo planeara, y el sueño la atrapó más rápido de lo que ella se habría imaginado.

A la mañana siguiente, Benedict intentó mover el brazo y se quedó quieto al notar el peso encima. Eran poco más de las seis. Emma estaba sobre él, dormida, cómodamente, con la mejilla apoyada cerca de su hombro y una pierna medio enredada con la suya con su rodilla peligrosamente cerca de su entrepierna. Su cuerpo había buscado calor mientras dormía.

Benedict miró el techo unos segundos, serio, luego bajó la vista a ella. Tenía el cabello desordenado, la boca entreabierta, una expresión tranquila que la hacía ver muy atractiva.

La apartó con cuidado. Movió primero su brazo para liberarlo, luego la acomodó de lado, dejándola en una posición cómoda. Emma apenas murmuró algo y siguió durmiendo. Benedict se levantó, caminó al baño y se metió a la ducha.

Emma despertó poco después, aún adormilada. Abrió los ojos y tardó un par de segundos en entender que esa no era su cama. Aunque de verdad había dormido bien y eso le sorprendió un poco.

La puerta del baño se abrió y Benedict salió envuelto en una toalla. El agua le escurría por el pecho y por los brazos. Se secó el cabello con otra toalla mientras caminaba hacia el vestidor como si ella no estuviera ahí mirándolo con atención. Emma desvió la vista un segundo porque no quería verse como una adolescente impresionada, pero casi podía sentir su boca volverse agua. Tenía un cuerpo trabajado, fuerte, y una maldita tranquilidad irritante. Salió del vestidor con un pantalón gris bien puesto y una camisa en un tono más oscuro que le quedaba perfecta.

—Tengo una junta en una hora. Te llevaré a desayunar y luego te dejaré en el apartamento.

Emma parpadeó, todavía con la mente lenta por el sueño.

—No es necesario. Puedo ir sola.

Benedict la miró como si acabara de contar un chiste malo.

—No fue una pregunta, Emma.

Ella apretó los labios. Quiso discutir, pero sabía que era inútil. Además, la idea de salir sola, con el cuerpo aún sensible, no le interesaba, fue al baño, se lavó la cara y se arregló lo mínimo. Cuando salió, Benedict ya estaba revisando el teléfono, metido en su mundo.

Desayunaron en un lugar tranquilo. Y durante todo ese rato no hubo comentarios fuera de lugar. Tampoco hubo provocaciones. Aunque Benedict no dejó de portarse tan atento como siempre.

Despertar 1

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