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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 71

—¡Espera! —exclamó Emma, casi tropezando con la cola de su vestido mientras intentaba seguirle el paso a Benedict.

​El hombre avanzaba con una determinación eléctrica, sus pasos eran tan largos que ella tenía que dar dos por cada uno de los suyos. Benedict no se detuvo hasta que llegaron a la salida, donde la brisa nocturna golpeó el rostro de Emma, refrescando un poco la piel que aún sentía quemada por el roce de Noah.

—A dónde vamos? —preguntó.

Él se giró, con la mandíbula todavía apretada y los nudillos manchados de una sangre que no era suya, y la miró como si la respuesta a pregunta fuera la cosa más lógica del mundo después de haber molido a golpes a su sobrino y desafiado a su padre.

​—¿No es obvio? Nos vamos a nuestra luna de miel —respondió Benedict, su voz firme y sin rastro de duda.

​Emma abrió los ojos de par en par, deteniéndose en seco bajo la luz de los faroles de la entrada.

​—¿A... a dónde? —preguntó ella, pero no se refería al destino geográfico, sino a la locura de sus palabras. ¿Cómo podía pensar en viajes después del caos que acababa de estallar en el hospital y en ese pasillo?

​—Ya me arruinaron la boda, no permitiré que me arruinen también la noche. Nos vamos ahora —sentenció él, tomándola de la cintura para subirla a la limusina que ya esperaba con el motor en marcha.

​Emma no objetó. Estaba asombrada por la forma en que Benedict la había defendido, por la fe ciega que había mostrado al no cuestionar ni un segundo lo que vio en el pasillo. Él simplemente confió en ella frente a Robert, sin pedir pruebas, sin dudar. Sin embargo, mientras el auto se ponía en marcha, Emma no podía evitar sentir una punzada de culpa. Todo esto, las mentiras y los golpes, no estarían ocurriendo si ella no cargara con el hijo de otro hombre. Era cruel, y aunque no se arrepentía de la vida que crecía en su vientre, se sentía como una carga que solo le traía problemas a Benedict en lugar de las soluciones que el contrato prometía.

​—Al aeropuerto. Directo al jet —ordenó Benedict al chófer, quien asintió de inmediato sin hacer preguntas.

​—Benedict, no llevo ropa, ni mis documentos... mi pasaporte está en la mansión —dijo Emma, empezando a entrar en pánico por la falta de planificación.

​—Relajate, yo me haré cargo de eso —respondió él, tomándole la mano y apretándola con una posesión que la hizo callar.

​Cuando llegaron a la pista privada, el jet de los Campbell los esperaba con las luces encendidas, lujo que brillaba bajo la luna. Al subir, Emma quedó impactada. El interior era una extensión de la oficina de Benedict: asientos de cuero color crema que parecían nubes, acabados en madera de nogal pulida y una iluminación tenue que invitaba al descanso. Había una cabina privada al fondo con una cama king size vestida con sábanas de seda gris, y un área de estar con tecnología de punta.

​Mientras Benedict daba órdenes a la tripulación sobre el despegue y las rutas, Emma se retiró a la cabina privada para tener un momento de privacidad. Sacó su teléfono y llamó a su madre; sabía que Angélica debía estar disfrutando de su papel de anfitriona en el salón, anunciando a todos con una sonrisa triunfal que los novios se habían ido, aunque no tuviera idea del destino.

​—Mamá, estamos bien. Nos vamos de viaje —dijo Emma en cuanto Angélica respondió.

​—Lo sé, querida. Ya me encargué de que todos crean que fue una salida romántica planeada. ¿Cómo estás tú? —preguntó Angélica, su voz sonando extrañamente tranquila.

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