La cena familiar se celebraba en casa del tío de Ulises.
Era una villa de estilo europeo. Tras cruzar el portón de hierro, un largo camino de cemento conducía a la entrada, flanqueado por amplios jardines.
Cuando Simona y Ulises llegaron, ya había varios carros de lujo estacionados junto al césped.
Al bajar del carro, Ulises, sin importarle la opinión de Simona, la rodeó por la cintura con un brazo.
—Más te vale que no me dejes en ridículo en público. De lo contrario, no respondo por lo que pueda pasar.
Simona cedió.
Al volver a ese lugar, su rostro se tensó y sus músculos se agarrotaron.
Sandro, que estaba de pie en la entrada, bajó rápidamente a recibirlos al verlos llegar.
—Ulises, cuñada, ya llegaron.
La mirada de Sandro se posó en Simona, sin disimular su admiración.
—Cuñada, qué guapa estás hoy.
Sandro era un año mayor que Ulises. Eran primos y se parecían un poco.
Sin embargo, Sandro tenía un aire más sereno que Ulises. Hoy llevaba el pelo negro y brillante peinado hacia atrás, lo que dejaba al descubierto un rostro de rasgos definidos y facciones refinadas, con un toque de agudeza.
Aunque sonreía, siempre daba la impresión de que ocultaba algo.
Ulises frunció el ceño, apartó la mano de la cintura de Simona y dio un paso adelante, protegiéndola detrás de él.
—No te molestes con nosotros, somos familia. Voy a entrar con Simona.
Tomó a Simona de la mano y la guio hacia el interior de la villa.
Sandro observó cómo se alejaban con una sonrisa, pero la calidez de su expresión se fue desvaneciendo poco a poco.
***
Apenas entraron, Simona se soltó de la mano de Ulises.
Él frunció el ceño y la miró con impaciencia.
—Los berrinches tienen un límite. El evento de hoy es muy importante.
—Yo no quería venir —replicó Simona, molesta.
Desde que había puesto un pie en ese lugar, se sentía incómoda.
No podía olvidar lo que había sucedido allí hacía tres años.
Como Simona no solía socializar con ellos, era un blanco fácil para sus críticas.
Ulises llevó a Simona a saludar a su tío.
—Tío, tía.
Leandro y Nora estaban atendiendo a los invitados cuando vieron llegar a Ulises y Simona.
Leandro sonrió amablemente, pero el rostro de Nora se ensombreció de inmediato.
—Ulises, ya llegaste. ¿Cómo has estado?
—Bien, gracias.
Ulises y Leandro se pusieron a conversar.
Nora, por su parte, miró a Simona con una sonrisa burlona.
—Últimamente eres toda una celebridad, Simona. Hasta en la televisión te he visto.
Se refería a los escándalos que se habían difundido por internet hacía poco.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada