Simona miró a Nora.
Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, muy bien conservada. El elegante vestido verde que llevaba realzaba aún más su aire de sofisticación.
—Gracias por el cumplido —respondió Simona, imperturbable.
La cara de Nora se ensombreció.
«¿Qué le pasa?», pensó. «Simona parece otra persona».
La última vez que había estado en su casa, era una mujer sumisa y tímida, que se dejaba pisotear por cualquiera.
¿Y ahora se atrevía a contestarle?
Simona, sin ganas de seguir la conversación, se despidió cortésmente y fue a sentarse en un sofá en un rincón.
—Esa es la esposa de Ulises. Con un hijo ya grande y todavía anda por ahí con amantes. Qué descaro.
—Y no solo eso, también usa el poder de la familia Gracia para abusar de la gente.
—Sí, lo sé. Huyó después de un accidente y encima echó de San Luis a la familia de la víctima. Es una mujer muy cruel.
—Con esa cara de mosquita muerta, seguro es una arpía. Pobre familia Gracia, qué mala suerte tuvieron al casarla con uno de los suyos.
—…
Los murmullos se hicieron cada vez más fuertes.
Simona levantó la vista y vio a una joven conocida que se acercaba a ella.
—Simona, ¿todavía tienes el descaro de aparecerte por aquí?
Estefanía y Anabel se acercaron del brazo.
Anabel clavó la mirada en Simona, con una envidia mal disimulada en los ojos.
«Tiene un hijo de seis años», pensó, «¿cómo es que con un poco de maquillaje sigue pareciendo una jovencita?».
¡Casada y todavía se arregla tanto para venir a robarle el protagonismo! ¡Qué descarada!
—Si ustedes, que son de la familia Gracia, tienen el descaro de venir, ¿por qué yo no?
—¿Y todavía te atreves a decir que eres de la familia Gracia después de andar con otros hombres?
Estefanía, de mal genio, y sin importarle el lugar, le arrojó el contenido de su copa a la cara.
Estaba acostumbrada a hacer lo que le daba la gana. Si alguien no le caía bien, no dudaba en pasar a la acción.
Simona, que no se lo esperaba, quedó empapada y con un aspecto lamentable.
Sandro consoló a Anabel y luego se giró para mirar a Simona.
—Simona, tienes la ropa mojada. Deja que te lleve a cambiarte.
Simona negó con la cabeza.
—No es necesario. De todos modos, tengo que irme. Ya me voy.
Se levantó para irse, pero Sandro la sujetó de la muñeca.
El hombre se inclinó ligeramente, clavando su mirada en el rostro de Simona. La curva de sus labios tenía un matiz de frialdad.
—¿Acabas de llegar y ya te vas? ¿Acaso nos estás menospreciando?
Simona supo que iba a usarla de nuevo para vengarse por Anabel.
Apretó los dientes con fuerza, intentó soltarse, pero no pudo.
Una voz masculina sonó a su lado.
—Sandro, suéltala.
***

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