Ulises se acercó y le espetó a Sandro con voz severa.
Sandro, con un destello de furia en los ojos, apretó la mandíbula.
—Ulises, la ropa de tu esposa está mojada. Solo la voy a llevar a que se cambie. ¿Algún problema?
—Yo puedo hacerlo.
Ulises fulminó a Sandro con la mirada y se dirigió hacia Simona.
De repente, Anabel soltó un quejido, atrayendo la atención de Ulises.
—Anabel, ¿qué te pasa?
Anabel se agachó, sujetándose la pierna con una expresión de dolor.
—La otra vez que tu esposa me empujó me torcí el tobillo, y todavía no se me ha curado. No debí ponerme tacones.
Estefanía, sosteniendo a Anabel, la miró preocupada y luego le gritó a Ulises:
—Tu esposa dejó a mi cuñada sin poder bailar, ¿y todavía tienes el descaro de traerla a la fiesta de hoy? ¡No sé en qué estabas pensando! ¡Ayúdame a sostenerla!
Ulises frunció el ceño, miró a Simona y luego se giró hacia Anabel.
—¡Ulises!
Simona, a quien Sandro todavía sujetaba, no pudo evitar llamarlo.
El recuerdo de cómo Sandro la había mandado al hospital hacía tres años seguía fresco en su mente. ¿De verdad iba a dejar que se la llevara?
Ulises se volvió para mirarla.
—Simona, estamos en casa de mi tío. Él sabe mejor que yo dónde puedes encontrar ropa para cambiarte.
Dicho esto, se dirigió sin dudarlo hacia Anabel.
Con cuidado, la ayudó a sentarse en un sofá cercano y le examinó el tobillo con preocupación.
No le importó cuánta gente había en la sala, ni que su legítima esposa estuviera allí.
Simona, que ya se sentía completamente decepcionada de él, no pudo evitar sentir un dolor sordo en el pecho.
***
Hacía tres años, también había sido Ulises quien la había llevado a una cena familiar.
En medio de la fiesta, a Ulises se lo llevaron unos parientes para hablar de negocios.
A ella, en cambio, Sandro la arrastró a una pequeña habitación en el patio trasero. La golpeó con puños y patadas, casi la mata.
No le importaba si Ulises se preocupaba por ella o no. Solo sabía que, si se iba con Sandro, no saldría viva de allí.
—¡Simona!
Ulises gritó y se dispuso a seguirla.
Pero esta vez fue Sandro quien lo detuvo.
—Ulises, tu esposa siempre ha sido muy caprichosa. Déjala que se vaya.
Sandro observó cómo Simona se alejaba corriendo, con una mirada fría en los ojos.
Ulises, sin embargo, recordó lo que iba a pasar más tarde y que necesitaba que Simona estuviera presente. Se soltó de Sandro y corrió tras ella.
Afuera, el sol brillaba con fuerza.
Simona corrió por el camino de cemento.
En ese momento, se arrepentía profundamente de haber venido con Ulises.
Un llamativo deportivo rojo se acercó a lo lejos, se detuvo un momento en la entrada de la mansión y, tras un saludo respetuoso del guardia, entró.
***

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