El grupo llegó a un restaurante italiano.
Anabel fue al baño y Ulises, caballerosamente, dejó que Chiara, como invitada, ordenara primero.
Cuando Chiara y Simona terminaron de pedir, Ulises recitó con soltura una serie de platos y, de paso, le pidió al mesero tres vasos de leche.
—Me encanta la leche, gracias, señor Gracia —dijo Chiara con una sonrisa de agradecimiento.
Ulises asintió con indiferencia.
—A Anabel le gusta la leche, por eso pedí una para cada una.
Su mirada se posó fugazmente en Simona antes de apartarla con rapidez.
Estos últimos días había estado evitando verla. Cada vez que lo hacía, recordaba cómo ella, fuera de control, había huido de él aquel día. No sabía qué le había ocurrido a Simona durante el secuestro, pero con solo imaginar lo que podría haberle pasado, sentía una mezcla de rabia y decepción que le impedía mirarla a los ojos.
Chiara tomó el vaso de leche que estaba frente a Simona y lo acercó hacia ella.
—Tú eres alérgica a la leche, mejor me lo tomo yo.
Simona miró a Chiara con perplejidad. Era la primera vez que comían juntas; ninguna conocía las preferencias de la otra.
¿Cómo sabía Chiara que era alérgica a la leche?
—Te preguntas cómo sé que eres alérgica, ¿verdad? —dijo Chiara, sonriendo.
Simona asintió.
—Quien de verdad quiere conocerte se entera de todo.
La indirecta fue bastante clara.
Ulises, sentado frente a ellas, frunció el ceño con una punzada de culpa en los ojos.
Era cierto. Él conocía todos los gustos de Anabel, pero ni siquiera recordaba las alergias de su propia esposa.
—Te pediré un jugo.
—Y que esté caliente, que a tu esposa le bajó hoy.
Simona miró a Chiara como si hubiera visto un fantasma. ¡También sabía eso!
Durante la cena, Anabel se quejó mientras miraba el filete en su plato.
—Ulises, no tengo ganas de moverme. Tu filete ya está cortado, ¿cambiamos de plato?
Ulises, que ya le había dado un bocado al suyo, dudó un instante, pero Anabel intercambió los platos directamente.
—Somos como hermanos, ¿qué tanto problema? ¿O es que te preocupa que a tu esposa le moleste?
Ulises miró a Simona.
Ella, sin embargo, parecía no haber notado nada de lo que ocurría a su lado; se limitaba a revolver su ensalada sin mucho interés.
Fue entonces cuando él recordó que, en realidad, a Simona no le gustaba la comida de restaurantes con estrellas Michelin.
Guardó silencio un momento y luego tomó el cuchillo y el tenedor para empezar a cortar el filete.
A su lado, Chiara comía con entusiasmo y charlaba animadamente con Anabel.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Ay, Cariño! Te Metiste con la Madre Equivocada