—Lo que sea que tengas que decir, lo hablamos en casa. Lárgate de aquí ahora mismo —ordenó Ulises con frialdad.
Esta era su única oportunidad de negociar con la familia Palacios, y no iba a permitir que Simona la echara a perder de nuevo.
—No vine a buscarte a ti —replicó Simona secamente, con una mirada cargada de impaciencia.
Ulises, por supuesto, no le creyó.
—¿Que no viniste a buscarme? —resopló con desdén—. Simona, ¿ahora ni siquiera eres capaz de decir la verdad?
Anabel intervino, avivando el fuego.
—Hermanita, ya deberías ser un poco más sensata. Cuando obligaste a Ulises a divorciarse hace unos días, debiste haber imaginado que volverías a rogarle.
>>Pero hoy Ulises de verdad tiene algo importante. El señor Palacios va a cenar aquí, y como yo fui imagen de su grupo, puedo ayudar a Ulises a contactarlo para cerrar el acuerdo con el Grupo Gracia. Es un asunto crucial, así que será mejor que no estorbes.
Al oír las palabras de Anabel, la mirada de Ulises hacia Simona cambió. La admiración inicial por su belleza se transformó en un profundo desprecio por su supuesta simpleza.
Simona no solo había arruinado su colaboración con el Grupo Palacios, sino que también había dejado escapar el acuerdo con la familia Mendoza.
No le servía de ninguna ayuda.
En cambio, Anabel era bella, bondadosa y exitosa en su carrera; ella sí podía ofrecerle un apoyo real.
Con este pensamiento, la mirada de Ulises se volvió cada vez más gélida.
—¡Si no quieres el divorcio, lárgate de aquí ahora mismo! —dijo, con un tono cortante.
Simona sintió que ambos estaban locos.
—Ya les dije que no vine por ti. Tengo una cita —explicó, conteniendo la irritación.
—¿Una cita? —se burló Anabel—. No me digas que con ese chofer de los Mendoza.
La risa de Anabel era puro escarnio.
—¿Un simple chofer de los Mendoza comiendo en La Mesa Esmeralda? ¿De verdad crees que este restaurante admite a cualquiera?
Ulises ya no soportaba la actitud de Simona.

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