Sin decir una palabra más, Estefanía sacó una navaja del bolsillo y se abalanzó para clavársela en el corazón.
Simona rodó a un lado, aterrada.
La navaja rasgó su cabello y se hundió en el colchón de la cama.
Debido al brusco movimiento, Simona cayó al suelo. La aguja del suero se le salió del dorso de la mano y la sangre manchó rápidamente la gasa.
No tuvo tiempo de revisar el pinchazo en su mano; Estefanía ya se abalanzaba de nuevo sobre ella, navaja en mano.
El corazón de Simona dio un vuelco. Intentó rodar de nuevo para escapar, pero su cuerpo se enredó en las sábanas que habían caído con ella, inmovilizándola.
Vio, impotente, cómo la hoja plateada se dirigía hacia su sien y cerró los ojos por instinto.
*¡Pum!*
Un fuerte golpe, seguido del grito de dolor de una mujer, hizo que Simona abriera los ojos con recelo.
Enzo había llegado justo a tiempo y ahora tenía a Estefanía inmovilizada contra la pared.
Los policías que venían detrás de él actuaron con rapidez, tomando a la mujer de manos de Enzo y esposándola.
En cuanto los oficiales tomaron el control, Enzo corrió hacia Simona y la desenredó de las sábanas. Sus ojos almendrados, normalmente vivaces, estaban llenos de preocupación.
—¿Te lastimaste en algún lado?
Simona negó con la cabeza.
—No, estoy bien.
La mirada de Enzo recorrió su cuerpo y se detuvo en el dorso de su mano izquierda, que no paraba de sangrar. Le tomó la mano con brusquedad.
—¿A esto le llamas estar bien? —preguntó, con la voz cargada de tensión.
Justo cuando Simona iba a responder, Jorge entró corriendo en la habitación. Inspeccionó la escena con la mirada y corrió al lado de su hermana. Al ver que Enzo estaba atendiendo la herida, preguntó alarmado:
—¿Qué demonios pasó?

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