—Mira nada más cómo hablas, a ver si después mejor le pides dinero a tu papá —soltó Vanesa con una mueca divertida.
Rubén era quien tenía el control absoluto del dinero de esos tres en la casa. Ni sus padres podían con ellos, pero con Rubén se pegaban como si fueran su sombra.
La razón era simple: él siempre era generoso cuando se trataba de repartir dinero.
Para ellos, Rubén era su propio dios de la abundancia.
Sebastián todavía quiso replicar algo, pero Vanesa le tapó la boca de golpe.
—¡Ya cállate! Mi tío seguro te va a llevar directo al hospital psiquiátrico a revisarte la cabeza. Mejor tú, Rubén, ve a ver a tu esposa que acaba de llegar.
—Eso, eso, ve con tu esposa, tío, —apoyó Joaquín, empujando a Rubén hacia las escaleras.
En cuanto la figura de Rubén desapareció por el elevador, Vanesa arrastró a Sebastián hacia su cuarto y, señalándolo con el dedo, advirtió:
—Somos hermanos, no vayas a ser tan burro como para cerrarnos el camino y quedarnos sin dinero.
Sebastián, mientras tomaba una servilleta para limpiarse la boca, preguntó con cierta picardía:
—¿No les da curiosidad saber quién es la esposa de Rubén?
Vanesa y Joaquín cruzaron una mirada de complicidad.
Claro que tenían curiosidad.
Pero no se atrevían a preguntar. Nadie quería arriesgarse a quedarse en la ruina.
—A mí ni me interesa, lo único que me preocupa es si Rubén nos va a seguir dando dinero ahora que está casado —reviró Vanesa, moviendo la cabeza con tal energía que parecía un tambor.
—Tengo la sensación de que pronto ni para comer vamos a tener —añadió con una risa nerviosa.
Sebastián traía el chisme atorado y no iba a dejar que se le escapara la oportunidad de arrastrarlos con él:
—¿Y si les digo que la nueva esposa de Rubén es la ex de Ismael? Sí, la misma que lo dejó desnudo y lo botó en la puerta de la oficina.
Vanesa alzó la mirada con una llamarada de emoción, mientras Joaquín lo miraba como si acabara de ver un fantasma.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque fue ella quien me pidió que lo hiciera —dijo Sebastián, dejando escapar un suspiro cargado de arrepentimiento—. ¡Qué pecado! ¿Quién iba a pensar que esa mujer tan brava iba a terminar siendo mi tía política?
—¿Y tú desde cuándo eres parte de esa historia? —preguntó Vanesa, intrigada.
—Desde hace tres años —respondió Sebastián, suspirando de nuevo—. Ella es la sobrina de Edgar, y fue Edgar quien le pidió a Rubén que la ayudara. Pero Rubén terminó ayudándola hasta llevarla directo al registro civil.
—Mira, casarse será lo de menos, lo importante es si terminó ayudándola en la cama —soltó Vanesa, soltando una carcajada pícara.
—Nunca hubo nadie antes, así que no te hagas ideas raras —aclaró Rubén, directo y sin rodeos.
Beatriz, acostumbrada a las intrigas y a la doble cara de su matrimonio anterior, se sintió descolocada con la sinceridad tan simple de Rubén.
Rubén llenó una de las tazas y se la acercó:
—La razón por la que están en shock es porque tienen miedo de que, ahora que tengo esposa, ya no les dé dinero.
Beatriz se quedó sin palabras. Ni siquiera supo si reírse o indignarse.
—Tú también cuídate de ellos, sobre todo de Vanesa. Tienen la lengua dulce para convencer y son expertos en sacarle dinero a cualquiera —advirtió Rubén.
—¿Vanesa? ¿La chica de hace rato? —preguntó Beatriz, recordando a la joven de antes.
Rubén asintió.
Beatriz, obediente, también asintió.
Al mirarla, Rubén notó que el escote de su vestido gris tenía algunas marcas rojas, probablemente por las picaduras de mosquitos cuando bajaron del carro en el monte.
—Te picaron los mosquitos, ¿verdad? —preguntó, preocupado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina