—Ay, cariño, tú no tienes nada de equis —dijo Lucía con dulzura—. Eres la mujer más guapa y talentosa que conozco.
—Uy, con esos halagos me vas a malacostumbrar. —Julieta sacó una cajita de terciopelo negro y levantó las cejas con picardía—. ¡Tu regalo de bodas! Me la pasé toda la noche escogiéndolo.
Lucía lo abrió y vio una especie de collar lleno de cadenas. Julieta le dio un empujoncito en el brazo y le susurró con malicia: —No es un collar cualquiera, eh.
Lucía se puso a la defensiva. —¿A qué te refieres?
Julieta se acercó a su oído. —Cariño, es una cadena para el cuerpo. Ya sabes, para que la uses cuando estén en la acción. Se mueve contigo y... bueno, imagínate.
Lucía se puso roja como tomate, sintiendo la cara ardiendo, y guardó la cadena de inmediato. —Ya, mejor vamos a ver a los gigolós y deja de decir cosas.
—Sale, hay de todo para escoger —dijo Julieta, poniéndose un poco más seria—. Eso sí, como ya estás casada, nada más vienes a echarte un taco de ojo. Aparte, yo digo que tu marido está más guapo que cualquiera de estos.
Lucía se quedó sin palabras.
Julieta era toda una experta en esos temas: poses, pláticas calientes y juguetes. Hasta había escrito un par de novelas eróticas en una plataforma extranjera, pero como nadie las leyó, lo dejó por la paz.
En el segundo piso, en la zona VIP, había una fiesta privada.
Rodrigo estaba sentado en el lugar principal, con las piernas cruzadas. El humo del cigarro que sostenía entre los dedos le daba un aire todavía más inaccesible a su mirada helada.
Nicolás llegó tarde porque estaba arreglando unos asuntos. Era un mujeriego empedernido que siempre andaba de fiesta. Se sentó al lado de Rodrigo y soltó sin pelos en la lengua: —A ver, amigo, ¿qué tal te trata la vida de casado?
Rodrigo sacudió la ceniza del cigarro y respondió con tono arrogante: —¿Y a ti todavía te aguanta el cuerpo para tanta farra?
Esteban Zamora dejó su copa y agregó en tono burlón: —Sí, güey, bájale a tu desmadre. Te vas a quedar estéril de tanto darle y te va a salir caro.
Nicolás ya estaba acostumbrado. Todos ellos venían de familias ricas y poderosas que hacían negocios entre sí.
Esteban era el hermano mayor de Julieta y la cabeza de los Zamora. Un adicto al trabajo al que no le interesaba el romance. Su familia era unida y sus papás se adoraban.
Rodrigo no mostró ninguna emoción. —Luego me encargo.
Esteban lo vio alejarse. —¿A dónde vas?
Nicolás, que acababa de recibir un mensaje de una chica, intervino: —No hagas preguntas que no te importan.
La mirada de Rodrigo se volvió sombría. Abajo, en la mesa privada, la mirada de Lucía brillaba. Las luces neón iluminaban su cuello y sus clavículas marcadas; traía un top blanco que resaltaba su figura. Los jeans ajustados de color claro desentonaban un poco con el ambiente, pero eso no le quitaba lo bonita; de hecho, le daba un aire súper atractivo e inocente a la vez.
Frente a Lucía había seis gigolós formados.
Lo había bateado a él nada más para venirse a ver a otros cabrones.
Se había acomodado el cabello detrás de las orejas, dejando al descubierto su piel clara e impecable, ya sin rastro del sonrojo de hace rato. Así como estaba, Lucía se veía mucho más relajada y auténtica que durante el día.
A Rodrigo se le formó una media sonrisa y en sus ojos asomó un ligero rastro de interés. Resultaba que su nueva esposa sí tenía su encanto.

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