Lucía miró a su alrededor y, al voltear, se topó de frente con Rodrigo.
Las luces láser del antro caían sobre su camisa negra, creando una red de luces a su alrededor. Desprendía un aura gélida y opresiva, y con su rostro medio oculto por las sombras, era imposible adivinar qué estaba pensando.
Julieta, que todavía no se había dado cuenta, seguía hablando: —Que tu marido le dé una buena lección, a ver si así se le quitan las ganas de andar de asqueroso.
Lucía le jaló la blusa a Julieta disimuladamente mientras buscaba a toda prisa una excusa creíble.
Pero Julieta seguía emocionada por la adrenalina del momento. —Lo malo es que nos arruinó la noche de chicos. Pero tú no te agüites por ese pendejo, amiga. La próxima vez pedimos a unos que estén más guapos.
Lucía se mordió los labios resecos; sintió que se le bajaba la presión y agachó más la cabeza.
Unos zapatos de diseñador negros y bien lustrados entraron en su campo de visión. Su esposo, con el que se acababa de casar de imprevisto, estaba plantado justo enfrente de ella.
Esteban se acercó corriendo y jaló a Julieta, haciéndole señas con los ojos para que viera que Rodrigo estaba ahí. —Julieta, ¿ya entendiste lo que hiciste mal?
—¿De qué hablas? Yo no... —Julieta siguió la mirada de su hermano y por fin vio al famoso e implacable Jefe. Volteó a ver a Esteban, pero él le puso cara de "arréglatelas como puedas, yo no me meto"—. Sí, ya entendí.
Esteban se aclaró la garganta y le advirtió con voz severa: —Vuelves a pedir de esos tipos y te rompo las piernas.
Julieta le dio un pellizco a su hermano y le siguió la corriente. —Ya, ya, te prometo que ya no.
Lucía levantó la vista despacio y se topó de frente con la mirada sombría de Rodrigo. Su respiración, que apenas se había calmado, volvió a agitarse. Parpadeó nerviosa y apenas logró soltar:
—Qué coincidencia.
Rodrigo soltó una risa sarcástica y se cruzó de brazos, clavándole la mirada.
Julieta decidió echarse la culpa para salvarla. —Señor Fuentes, fui yo la que pidió a los tipos, Lucía ni los volteó a ver.
Esteban se llevó a su hermana a rastras para que no siguiera diciendo mentiras. —Ya es tardísimo. Me voy a llevar a esta escuincla a la casa. Lucía, tu marido te lleva.
¿Por qué no se la llevaban a ella también?
A Lucía le tomó un segundo asimilar la cruda realidad. Poniendo cara de niña buena, fingió arrepentimiento y murmuró con voz tierna: —Perdón, me equivoqué.
La mirada de Rodrigo se volvió más severa. —¿Vas a seguir aquí?
—Ya no —contestó ella. Pero sintiendo que eso no bastaba para convencerlo, se apresuró a añadir—: De verdad, ya me voy. Ni siquiera estaba divertido. Te juro que jamás vuelvo a pedir uno de esos, te lo prometo.
—¿Y cómo vas a cumplir esa promesa? —le soltó él con un tono frío pero autoritario.

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