Llegaron a un restaurante de lujo.
—¿Qué se te antoja? —le preguntó Salomón a Melibea.
—Lo que sea está bien.
Melibea miró a su alrededor. Nunca había estado en un lugar así. Antes, Brando había querido llevarla a comer fuera, pero Renata siempre llamaba para que volvieran. Sabía que Renata creía que ella no pertenecía a esos lugares, que no era digna de comer en restaurantes caros ni de gastar el dinero de la familia Ortega.
—No te preocupes, Meli —dijo Andrés con picardía—. Pide lo que quieras, de todas formas, paga mi papi.
Andrés tomó el menú, lo abrió y se lo mostró a Melibea. —¿Te gustaría esto, Meli?
Melibea vio la foto que señalaba el dedito del niño: langosta de Boston con caviar. El precio tenía cinco cifras.
«¿Acaso está hecha de oro?», pensó.
—Esto es demasiado caro, mejor otra cosa.
Pero Andrés tomó la mano de Melibea y le dijo con seriedad: —Meli, si el dinero puede comprar tu felicidad, entonces vale la pena gastarlo. Además, mi papi trabaja para que nosotros gastemos, ¿o para quién más? ¡Mesera, tráiganos cuatro langostas de Boston con caviar!
«Salomón gana dinero para ellos, no para mí», pensó Melibea.
—Tu papi gana dinero para ustedes dos, sus tesoros —le susurró—. ¿Cómo podría yo gastar su dinero?
—Tu sueldo también cuenta —intervino Salomón.
Melibea casi no pudo contenerse. Visto desde esa perspectiva, tenía sentido.
Andrés le pasó de nuevo el menú y, como no pudo negarse, Melibea pidió algunos platillos más.
—¡Qué familia tan guapa! —exclamó la mesera, maravillada—. El señor es muy apuesto, la señora es preciosa, y los niños son adorables y atractivos. Nunca había visto una familia con tan buena apariencia.
Melibea se sintió incómoda por la confusión.
—Nosotros no somos… —No pudo terminar de explicar antes de que Andrés se pusiera de pie.
—Señorita, usted sí que tiene buen ojo. Somos una familia muy bien parecida.
—Qué niño tan lindo.


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